El enemigo - 06

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--Tú eres ya de la casa:--le dijo un día--busca otro dependiente para el
despacho. Y vamos a ver, ¿quieres seguir oficio? Dilo como si fueses mi
hijo.
Pepe repuso que quería ser cajista, porque en la escuela donde le
enviaron se había _echao_ un amigo a quien sus padres pusieron en una
imprenta, con lo cual el muchacho siempre tenía los bolsillos llenos de
estampas de entregas, romances de ciego, restos de tiradas de aleluyas y
pedazos de carteles de toros.
Tras permanecer dos o tres meses en imprentas de mala muerte, entró al
fin en la de Millán, que era conocido del buñolero, y allí echó raíces
en seguida; es decir, que apreciado por listo y obediente, le tomaron
cariño. El día lo pasaba aprendiendo la caja, adiestrándose en componer
y distribuir; luego empezó a hacer _monos_ y _remiendos_, y a la noche
se iba por las calles a vender un _veinticinco_ de un periódico que allí
se tiraba. Lo que le producía esta venta lo guardaba para sí, y el
jornal de la semana lo ponía íntegro el sábado en manos del buñolero;
pero lo que más le gustaba era entregárselo a Isabelita,
diciendo:--«Anda, da eso a tu padre.»
Los demás aprendices, envidiosos de aquel compañero de quien se hacía
más caso que de ellos, comenzaron a tomarle tirria y jugarle malas
pasadas. Un día le quitaron de la tartera el almuerzo, sustituyendo la
tortilla con polvos de imprenta. Otra vez, como estuviera en mangas de
camisa, le estamparon en la espalda una galerada recién impresa, con la
tinta fresca de un letrero que decía: «Se vende este perro.» Hasta
llegaron a rellenarle las botas con la grasa de untar las ruedas de la
máquina, mientras él estaba trabajando con alpargatas para mayor
descanso. Entonces apareció el _gatera_ madrileño, valiente, arriscado,
dicharachero y dispuesto a darse de cachetes o puñetazos con el más
bravo, y a echarle la zancadilla al mismo nuncio. Con unos cuantos
pescozones oportunos se hizo respetable. Cierto día, otro aprendiz de
más edad sacó contra él una navajilla. Pepe se la quitó de las manos, le
sujetó fuertemente metiéndose la cabeza del agresor entre las piernas, y
por castigo le descosió con el cuchillejo la costura trasera del
pantalón, dándole luego en lo que el sol ni el agua vieron jamás, unos
cuantos azotes: después le devolvió tranquilamente la navajilla,
diciendo:--«Toma, _boceras_; eso no sirve más que _pá_ partir pan.»--A
las horas de trabajo era modelo de laboriosidad: cuando llegaba el
momento de hacer diabluras, era de la piel de los demonios. Parecía
haber en él dos tipos distintos: uno para la tarea, otro para las
travesuras; y diríase que, como correspondiendo a estos dos seres, tenía
dos fisonomías diversas. Inclinado sobre la caja buscando tipos,
ajustando palabras en el cajetín, o distribuyendo letras, su frente
solía plegarse con un entrecejo serio de obrero ya machucho: entonces no
hablaba y fija la atención en lo que hacía, sus ojos negros adquirían
cierta expresión de gravedad cómica: en la calle, corriendo o jugando,
con el pelo alborotado, tostada la tez, ladeada la gorrilla, descarado
el mirar y rebosando malicia, traía a la memoria los chicos de las
antiguas novelas picarescas. Los compañeros le llamaron primero el
_Tiznao_, porque era muy moreno, como un beduino desteñido a fuerza de
lavaduras: por fin le apodaron _Pateta_, y con este _alias_ se quedó. A
Millán, conocedor de los antecedentes de Pateta, le había caído en
gracia el muchacho: Pepe simpatizó mucho con él por un solo detalle.
Estaba corrigiendo una tarde pliegos de un libro, cuando se le presentó
Pateta en actitud humilde.
--¿Qué quieres?
--Pedirle a Vd. un favor, porque el señor Millán no ha _venío_.
--Vamos, di.
--Pues yo tengo novia. Es decir, novia mía, la verdad, no es; pero ya
nos hablamos algo... y mañana es su santo. Mire Vd., he compuesto este
letrero y quería ponerlo con letras _dorás_ de purpurina, en esta
tarjeta de orla que _ma costao_ dos _riales_. Bueno, pues... que me
digan ustedes cómo lo hago y me dejen hacerlo en la máquina, o donde
sea, luego que se marchen _esos_.
Pepe examinó la cartulina, adornada con flores y amorcitos, que le
presentaba el chico, y vio el letrero que traía hecho con los tipos más
escojidos de la casa.
«_A Isabel Gorillo, en sus días._» (Esto en un gótico muy complicado), y
luego, debajo: «_Por José Maldonadas._» (Aquí las letras eran de mucho
ringorrango.)
--Y esta Isabel, ¿quién es?
--La hija de mi amo. (Pateta continuaba llamando amo a su protector.)
--¿La de las viruelas?
--Sí, señor; pero no le ha _quedao_ señal. _Tié_ la cara que da gloria.
--¿Y sabe tu amo?...
--Saberlo... no sé; porque yo no he dicho esta boca es mía. Como _tién_
dinero, no quiero que crean... ¿entiende Vd.? Pero ya se lo malician;
porque yo, ni a los novillos voy, aunque me sobren los cuartos, con tal
de estarme en la trastienda hablando con ella.
--Bueno, hombre, bueno; anda, guarda eso o déjalo aquí, y a última hora
que te diga el señor Ramón lo que debes hacer, y acábalo limpito.
Este pequeño servicio que Pepe prestó a Pateta, se lo pagó él con
creces. Si llovía de pronto, ya estaba el muchacho corriendo a la calle
de Botoneras a buscarle el paraguas: si había que ir al estanco por
tabaco, volvía en un decir Jesús; para traerle café de uno que había
cerca de la imprenta, nadie andaba más ligero, y si la cafetera venía
fría, la arrimaba a la máquina de vapor, sin lamer la media tostada o
escamotear azúcar, como hacían otros.
* * * * *
Tal fue el cartero que escogió Pepe para asegurar su correspondencia con
Paz, ocultándola, por supuesto, que él trabajaba en la misma imprenta
donde aquél era aprendiz.
--Si te pido que me hagas un favor, ¿podré contar contigo?--le dijo un
día Pepe.
--Mande Vd. lo que quiera--repuso el futuro cajista.
--La cosa ha de quedar entre tú y yo; no quiero que nadie lo sepa,
¿entiendes? Ni el señor Millán.
--Ni las piedras.
Jamás faltó al secreto. Cuando Pepe pasaba dos o tres días sin ver a Paz
la escribía, y Pateta, a la hora de salir del trabajo, emprendía el
camino del _hôtel_, donde ella, prevenida por la impaciencia, le
aguardaba tras la vidriera del balcón de su cuarto. La estufa del jardín
tenía inmediato a la verja un horno pequeño hecho de ladrillos y
recubierto de baldosas, que servía para entibiar la atmósfera en que
crecían las flores: Pateta se acercaba allí, espiando el momento en que
ningún criado pudiera verle, y metiendo el brazo por entre los barrotes
de la verja, depositaba la carta bajo una de aquellas baldosas mal
afirmadas. Al día siguiente recogía del mismo sitio la contestación,
valiéndole tan largos paseos, y sobre todo el agrado con que prestaba su
servicio, alguna cajetilla del estanco que Pepe le daba, y a veces un
café con media tostada, que le hacía relamerse de gusto.


X

El cariño de la enamorada pareja y la angustiosa situación de Pepe
crecieron a la par. El importe de la jubilación de don José, el fruto
del trabajo de su hijo, lo poco que Leocadia ganaba bordando y lo que
procuraba ahorrar doña Manuela, todo se invertía en médico y botica. Así
llegó el invierno de 1872 y aquella triste cena de Noche Buena, en que
se habló de la próxima venida de Tirso y en que, después de irse Millán,
ya acostado el pobre viejo, trataron los hijos y la madre de lo que
convenía hacer, sin llegar a resolver nada, porque la común abnegación
no producía una miserable moneda de cobre.
A la semana siguiente la situación se agravó con la noticia de que
llegaba Tirso: la carta en que éste lo anunció no debía precederle sino
dos días. Pepe escribió a su novia de esta suerte, mezclando con las
frases de amor el recelo que le inspiraba aquel hermano desconocido:
«Adorada Paz:
Tienes razón: Aunque nos vemos casi diariamente, son tan pocas las
ocasiones en que podemos hablar con libertad, que por fuerza han de ser
nuestras cartas largas y frecuentes. Las cosas que te escribo quisiera
decírtelas: lo que no te conmoverá leído, mis palabras te lo llevarían
al alma en fuerza de sinceridad. Pero comprendo que no hay remedio, y
aun temo que estas dificultades de ahora no sean sino anuncio de otras
mayores: créeme, nuestro cariño ha de costarnos muchas lágrimas. Será
todo lo romántico que quieras, y es opuesto a mi modo de pensar hablar
en tono amargo de ciertas cosas; pero yo, que de todas las
preocupaciones me río, he venido a estrellarme contra una de las más
poderosas. La distancia que nos separa no sería mayor si tú fueses reina
y yo lacayo, como los personajes de aquel drama francés que estabas
leyendo la otra tarde. La situación de mi familia, nuestra pobreza, todo
lo que me estorba para abrirme camino en la vida, me separa de tí. Tu
padre ocupa una posición envidiable: ¿cómo quieres que dé su hija a un
hombre que ha tenido que abandonar la carrera por falta de unos cuantos
duros al año para libros y matrículas?
Pero un día de vida, es vida. Yo no renunciaré jamás a tí, no te diré
nunca que me dejes, y cuando seas tú quien me diga que no debemos volver
a vernos, callaré, porque tendrás razón. Parece que yo, burlón y
descreído, sin preocupaciones, vengo a estrellarme contra el obstáculo
más risible, pero más fuerte: contra las _conveniencias sociales_.
Desengáñate, nuestro amor tiene que ser una novela muy corta, ridícula
para contada, triste para nosotros, únicos que hemos de tomarla en
serio. ¿Hasta cuándo durará esto? ¿Quién se cansará antes? ¿Tú de
esperarme? ¿Yo de amarte? Quien no se fatigará jamás será el tiempo, que
pasará haciéndote cada día más buena y más hermosa, quizá más rica, y a
mí más desgraciado y pobre. No imagines que deseo romper nuestras
relaciones: saber que me quieres, recibir una carta en que me hablas de
tu cariño, oírte alguna vez que me recuerdas cuando sufres y que te
falta algo en los goces por no tenerme al lado, son cosas que me llegan
al alma y me dejan orgulloso de mi mismo. ¡Si supieras de qué modo te
las paga mi corazón! ¡Si pudieses leerme los pensamientos, adivinarme
las ideas, esconderte entre los caprichos de mis sueños!... Pero quiero
que, al mismo tiempo que de mi amor, estés persuadida de mi lealtad.
Antes que se lo oigas a tu padre, quiero ser yo quien te lo diga. ¿Qué
porvenir puedo ofrecerte? No, yo no te dejaré nunca; y si llegas a ser
algún día más juiciosa o más interesada, no te echaré maldiciones de
comedia, sino que me separaré de tí resignado, queriéndote como te
quiero ahora y guardando en lo mejor de la memoria el recuerdo del amor
que me hayas tenido. Jamás te arrojaré en cara falta de energía, ni
desfallecimiento de constancia. ¡Es tan natural que me olvides! Harto
has hecho con empezar a quererme, aunque luego te pese.
¿Cuántas veces te habré dicho todo esto? No te sorprenda, porque obedece
a mi idea fija, a mi cavilación constante. Vamos, no concibo el
fundamento de tu amor. Yo te amo por lo buena, por lo hermosísima que
eres. Pero tú, ¿por qué me quieres? Soy extraño a cuanto te rodea, vives
en una atmósfera de lujo que casi desconozco, como yo vivo entre
privaciones que tú no puedes calcular, y ojalá te sean siempre ajenas;
el menor de tus caprichos no podría yo satisfacerlo con muchas semanas
de trabajo; las gentes que te hablan han de usar un lenguaje hasta
despreciativo para las que están en situación análoga a la mía; si
entraras en casa de mis padres y vieses estas paredes, estos muebles,
dudarías si ofrecer dinero por lástima o disimular lo que notares, por
imaginar que podías ofendernos señalando tanta escasez: y, a pesar de
todo, dices que el mejor sitio de tu corazón es para mi cariño, y me has
enseñado cartas mías con mi nombre borrado con tus besos. ¡Bendita seas!
No, no me dejes, ni tengas nunca juicio, si el tenerlo ha de consistir
en olvidarme; ni pienses en el porvenir, que yo tampoco pienso, sino que
te adoro con toda mi alma.
Ahora, como nada te oculto, quiero que sepas lo que ocurre en casa. Mi
hermano Tirso, el cura, el que se ha educado y ha vivido siempre alejado
de nosotros, debe llegar pasado mañana. Ignoramos el motivo de su
venida; ni palabra sabemos de sus propósitos, nada nos ha dicho. Hace
poco tiempo escribió que tal vez tuviera que hacer un viaje a Madrid:
luego lo dio por cosa segura, ahora anuncia que llega. Mis padres, como
es natural, se alegran; en Leocadia y tu Pepe, si he de ser franco, el
sentimiento que domina es el de la curiosidad. Sólo hemos visto a Tirso
una o dos veces, siendo muy pequeños, y dentro de pocas horas vamos a
tenerle aquí. Iré a buscarle a la estación y le conoceré por los
hábitos; si no, tendrían que decirme: «ese es.» ¡Estaría gracioso que
bajaran al mismo tiempo del _vagón_ dos curas jóvenes! Con esto,
comprenderás que tengo motivos para estar preocupado. ¿Cuál será la
situación de mi hermano? ¿Qué le habrá pasado? Si su posición es
desahogada, menos mal; y no lo digo porque me ahorre trabajo; pero, ¿y
si viene tan pobre como nosotros? Seremos cinco en lugar de cuatro los
que hayamos de vivir mal. ¿Por qué habrá dejado su curato?
Quizá venga a pretender algo; mas de ser así, ¿por qué no consultarlo
antes con nuestro padre? Tú, que conoces mi modo de pensar, aunque no
por completo, comprenderás que abrigue ciertos temores. Tirso es cura,
y en esta casa hay muy poca devoción. Mi padre nunca habla de eso;
mamá, con cuidarnos, tiene bastante; a Leocadia le gusta ir a la iglesia
cuando hay grandes fiestas, a falta de otras más divertidas pero más
costosas que le están vedadas; y en cuanto a mí... callo: no quiero que
me llames herejote. En fin, no estoy tranquilo.
Basta por hoy: no te quejarás de que escribo poco.
Está con cuidado, porque mañana, si puedo, iré a ver si tiene tu padre
algo que mandarme.
Tuyo siempre,
PEPE.»
La carta que, en contestación a ésta, halló Pateta al día siguiente bajo
las baldosas inseguras del horno de la estufa, decía:
«Querido Pepe mío:
Por Dios te pido que no me atormentes así. Te lo he dicho mil y mil
veces. Te quiero porque sí, porque creo que eres el mejor de los
hombres, y no me preguntes más. ¿No sueles decir que mi padre no me ha
educado como a las otras mujeres? Pues eso será. Si tuvieses una gran
fortuna, acaso habría mayor facilidad para que fuéramos uno de otro;
pero te querría igual que ahora, no podría darte ni una hilacha más de
cariño. Conque no me vengas con tristezas ni tontunas, ni vuelvas a
decir que te deje, ni que si te dejo yo te aguantarás. Si lo piensas, es
porque no me quieres. ¿Soy rica? Pues mejor. Ya saldrás de pobre, y si
no, yo lo mismo te he de querer, con tal de que tú no mires a ninguna
otra mujer. ¿Lo entiendes? Es lo único que no te perdonaría nunca.
Quedamos en que no volverás a las andadas ni me escribirás majaderías:
no merecen otro nombre las cosas que dices. Mi padre podrá no dejarme
casar contigo; pero, ¿casarme con otro? ¡Eso si que no! Lo que es de
esto te responde _tu_ Paz. Vamos, yo no entiendo esas _sublimidades_
tuyas de sacrificios y tonterías. No he pensado, ni pienso, ni pensaré
jamás en dejarte por nada de este mundo. ¿Lo sabes? Yo, que tantos
libros he leído de los que tiene mi padre, me acuerdo de que don Quijote
dice que todos los caballeros andantes llevaban en el escudo un letrero.
Bueno, pues tú y yo somos dos caballeros andantes con este letrero:
_cariño_ y _paciencia_. ¿Te gusta? Pues a callar y no perdamos el
tiempo en augurios tristes. Aseguran las gentes que quien espera
desespera: no importa. Yo me conformo con que me ames mucho. Me parece
que esto no tiene nada que ver con las _conveniencias sociales_, con la
humildad de tu casa, ni con tu amargura. Si me quisieses igual que yo a
tí, no exigirías más. ¿Crees que me van a meter monja o a casar por
fuerza con algún príncipe de cuento de hadas? ¿Soy yo tonta? ¡Ya verás,
ya verás, cuando te conozca mi padre como te conozco yo!
Respecto a la venida de tu hermano, nada puedo decirte, pero se me
figura que todo lo ves negro. Hasta que no sepas cuál es su situación,
no hay por qué apurarse. Si viniera a pretender, debías atreverte a
pedir a papá que le recomendase a alguien. ¿Te enfadarás si te digo que
tus temores me parecen tontos? ¿Ha de ser malo porque es cura?
Indudablemente, esto es lo que se te ha ocurrido. En verdad, la cosa es
rara, ser tan grandes los hermanos y no conocerse, pero ya verás cómo no
tenéis por eso disgustos. Y si los sufres, yo te querré un poquito más,
para que nada pierdas.
Adiós, tristón mío. No te olvida nunca tu
PAZ.»


XI

El seguir Tirso la carrera eclesiástica, fue una de esas cosas graves
que en la vida del hombre se resuelven rápidamente y con escasa
intervención del interesado.
Aquél don Tadeo, amigo de su padre, que por pagar una deuda de gratitud
se hizo primero cargo de la educación y luego del porvenir del chico,
era honrado y bueno, pero fanático en opiniones políticas y creencias
religiosas. Su exceso de fe y de realismo era sincero, e indiscutible su
influencia y prestigio entre los partidarios de la legitimidad y la
gente de iglesia en la región que habitaba. Durante largos períodos, en
los que mandó el partido moderado, conservó don Tadeo su destino en la
Hacienda de la provincia y fue uno de tantos carlistas protegidos por
los _polacos_, quienes consideraban menor peligro atraerse partidarios
del Pretendiente que transigir con liberales. Pasados algunos años, y
gobernando un ministerio progresista, sus compañeros y subordinados le
prepararon la terrible asechanza cuyo funesto desenlace atajaron las
declaraciones de don José. El expediente o causa formado contra él no
dio más resultado que su destitución; pero este hecho, que pasó
inadvertido para el resto de la nación, fue en la localidad suceso
importantísimo. De allí en adelante, don Tadeo quedó para sus enemigos
convertido en un pobre hombre, y a los ojos de sus partidarios como un
mártir: él, imaginando convertir en provecho su caída, se dedicó por
entero a ser instrumento de las ideas a que siempre tuvo inclinación. La
clerecía de la capital de la provincia, que en un principio le consideró
como víctima, después, por su entereza, le tuvo como varón enérgico, y
viendo en él un carácter dispuesto a la lucha con mayor libertad que los
eclesiásticos, le adjudicó tácita e insensiblemente la jefatura. Llegó a
ser lo que hoy se llama un obispo de levita, al par que jefe local de un
partido. A su casa iban continuamente los canónigos de la catedral, los
misioneros que con frecuencia hacían excursiones a la ciudad, los
periodistas católicos y hasta el prelado de la diócesis. A juicio de
esta gente, el encargarse don Tadeo de la educación y porvenir de Tirso
fue un acto meritorio: pensaron que pagaba su deuda de gratitud del
mejor modo que jamás lo hiciera nadie y, sobre todo, aquello de
arrancar un hijo a las garras de un padre progresistón y acaso hereje,
les pareció cosa admirable. Por su parte, don Tadeo no se recató de
decir de don José que era una lástima que tuviera tendencias
_liberalescas_.
Crió a Tirso un ama en una aldea, como pudiera hacerlo una cabra; un
sacristán, protegido por don Tadeo, le enseñó de pequeño a leer,
escribir, contar y rezar; a los ocho años sabía ayudar a misa, y a los
catorce ya pudo su padrino utilizarle para escribir cartas y hacer
recados de los que no se confían a sirvientes. En cambio a sus padres
les escribía muy poco y, cuando lo hacía, antes era por instigación de
don Tadeo que por impulso propio. Los amigos de aquél, viéndole educado
en el santo temor de Dios, le trataban con singular afecto y, en
reciprocidad, Tirso se volvía todo respeto para con aquellos señores,
que a él se le figuraban magnates. Los curas, especialmente, le merecían
extraordinaria consideración. El hablar y tratar de cerca a los que
pocas horas antes había visto oficiando en el templo con lujosos trajes
y teniendo al pueblo prosternado en torno, era a sus ojos lo que hubiera
sido para chico crecido entre soldados codearse con jefes. Sin poder
darse cuenta de la grandeza de las ideas representadas por aquellos
hombres, le seducía la posición que ocupaban en la ciudad. Andar bajo
palio, hablar desde el púlpito y dar la mano a besar, le parecían
mayores signos de prestigio que ir a caballo con música delante, espada
en mano y batallones detrás; así que, cuando su padrino le dijo que
estudiara para cura, su infantil imaginación acogió la noticia con una
emoción muy semejante a la alegría. ¿Qué otra carrera había de darle un
hombre entregado a servir medio de guía, medio de agente a los intereses
y la parcialidad del clero? Un canónigo fue quien decidió la suerte del
muchacho, contestando así a don Tadeo, que le consultaba sobre el
particular:--«No podía Vd. pensar cosa mejor. Si el chico es de los
elegidos y _sale_ una lumbrera de la Iglesia, ¡qué gloria para Vd.! Si
no es así... pues tendrá una profesión tan buena como otra cualquiera.
Y, por lo que toca a sus padres--añadió--comprendería que se quejasen si
Vd. marcase al chico otra senda; pero, ¿quién puede llevar a mal
propósito tan noble?»--Poco tiempo después entraba Tirso en el
Seminario, donde, dicho sea de paso, por influencia de los que le
llevaron no sufrió la novatada que padecían los demás.
Entonces comenzaron a dar sus frutos el alejamiento de la familia y el
desconocimiento de sus padres en que pasó Tirso los primeros años de su
vida. La voz del egoísmo sonó poderosa y convincente, diciéndole que don
Tadeo podía _hacerle hombre_; que su familia, en cambio, carecía de
medios para ello. Le habían hablado tanto del temor de Dios y tan poco
de su propia madre, que le halagó la idea de ser ministro del Señor.
El primer efecto de la enseñanza religiosa fue hacerle comprender que su
porvenir correspondería a las esperanzas que abrigó viendo y envidiando
a los que frecuentaban la casa de su protector. Las lecciones de sus
maestros y los libros que le pusieron en las manos, le dijeron que la
misión del sacerdote era superior a cuanto podía imaginar su ambición.
El más ilustre de los profetas, el precursor San Juan, tuvo la dicha de
poner _una vez_ las manos sobre la cabeza de Cristo: él, como sacerdote,
le tendría todos los días en las suyas, y le consagraría con sus
palabras. Los ángeles están continuamente cerca de Dios; pero ¿qué ángel
posee, como él había de gozarlo, el poder de perdonar los pecados? En
las entrañas de la Virgen encarnó el Verbo, pero una sola vez: en sus
manos de sacerdote, por virtud de frases salidas de sus labios,
encarnaría el Verbo todos los días, y no en forma mortal, como le
concibió María de Nazareth, sino impasible, inmortal, glorioso, como
está en los cielos. ¿Qué poder ni dignidad había igual al suyo?
Dos rasgos distintos de su personalidad comenzaron a desarrollarse en él
durante esta época de su vida, mientras fue estudiante en el Seminario.
Su inteligencia, tardía en comprender, se acostumbró a admitir lo que le
daban pensado, como preferible al trabajo de pensar por cuenta propia; y
la facilidad con que pudo seguir la carrera por aquella protección que
se le dispensaba, le hizo poco humilde.
No fue cura de los de carrera breve, que sólo estudian rudimentos de
latín, filosofía mermada y algo de moral jesuítica, sino que siguió la
carrera lata, empapándose de Teodicea, Patrología, Hermenéutica, Derecho
Canónico y Disciplina Eclesiástica, hasta el doctorado en Teología, en
todo lo cual trascurrieron ocho años, al cabo de los que se ordenó _de
menores_.
¡Día feliz aquél en que la simple tonsura le hizo soldado de la milicia
de Cristo! Mas esta dicha no brotó en su alma al calor de la fe, ni se
esperanzó su buen deseo con lo que podría hacer manejando las divinas
armas que le serían concedidas, sino que nació del contacto producido
por la docilidad con que acogió las palabras que tantas veces había
escuchado prometiéndole, en cuanto fuese sacerdote, la supremacía sobre
los otros hombres. _El sacerdote es embajador que habla en nombre de
Dios, y despreciarle es injuriar a quien le envía_, le dijeron,
tomándolo de San Juan Crisóstomo, repitiéndole esta y otras frases
análogas hasta la saciedad, para empaparle de la alteza de su misión,
como hacían los oráculos paganos con aquellos a quienes aspiraban
someter a su servicio. Las órdenes menores de portero, lector, exorcista
y acólito le parecieron llenas de encanto, por la suma de dignidades que
indicaban y por las que anunciaban. ¡Ser portero de la casa de Dios!
¡Leer al pueblo la divina palabra! ¡Lanzar al enemigo malo fuera del
cuerpo en que hace presa! ¡Poder acercarse al _Sancta Sanctorum!_ ¡Qué
grandiosos y envidiables privilegios!
Llegó por fin el día de recibir las órdenes mayores. La Iglesia,
dirigiéndose a los que le presentaban y aludiendo a él y sus compañeros,
preguntó si eran dignos (_¿scis illos dignos esse?_): luego le impuso
varios días de retiro y ejercicios, y después ungió y santificó sus
manos, poniendo en ellas la patena y el cáliz al par _que, con asombro
de los ángeles_, pronunciaba el Prelado solemnemente estas palabras:
_Accipe potestatem offerre sacrificium Deo, Misasque celebrare, tam pro
vivis quam pro defunctis, in nomine Domini, Amén_: y en seguida colocó
las manos sobre su cabeza diciendo: _Accipe Spiritum Sanctum, quorum
remiseris peccata, remittuntur eis; et quorum retinueris, retenta sunt_.
El gusano nacido de la fiebre pecadora, el fruto del amor profano, el
hijo de la pasión carnal, fue súbitamente redimido de impureza y elevado
a una dignidad mayor que la de los reyes, revestido con poder análogo al
de Dios, como decían los libros en que le hicieron estudiar. Ya era
sacerdote; ya podía intervenir en la parte más noble del gobierno de los
hombres, en el cuidado del alma. Mas buscar en el fecundo seno de la
Naturaleza las causas de las cosas, le dijeron que era revolver
impurezas de la materia; bucear en la conciencia para iluminar su razón
con la Verdad, lo tacharon de impío; leer la vida de los pueblos, lo
motejaron de trabajo estéril, porque el dedo de la Providencia traza los
destinos del hombre; escuchar los latidos de su corazón, le advirtieron
que era rendirse al deleite, y contra el amor pusieron en sus labios,
pervertidas y desvirtuadas, las palabras de Cristo a su madre: _¿Qué
tengo yo contigo, mujer?_
Don Tadeo, lejos de dejarle abandonado a sus propias fuerzas, le
proporcionó curato; y Tirso, después de su primera misa en la capital de
la provincia, que dio ocasión a una fiesta que fue un recuento de
fuerzas realistas, marchó a vivir a un pueblo, mejor dicho, valle, entre
cuyas ásperas desigualdades estaba esparcido el caserío de miserables
viviendas y pobres gentes, sobre quienes debía comenzar a ejercer su
santo ministerio. Entonces se consagró por entero a las necesidades de
su estado: las misas, bautizos, bodas, confesiones y entierros; la
predicación, y el tomar parte a veces en los juegos de sus feligreses,
fueron sus principales ocupaciones. Los pocos libros que llevó a su
retiro acabaron por servir de peana a una imagen encerrada en una urna:
el estudio se le hizo enojoso. A los cuatro meses, su única lectura era
la de un periódico católico absolutista recomendado por el obispo de la
diócesis: la Teología, las Sagradas Escrituras, los Santos Padres,
cuanto representaba labor intelectual, quedó olvidado, surgiendo en su
lugar otro género de motivos de actividad para el pensamiento, y
sustituyendo distinto linaje de devoción a la contemplación seria de los
misterios y los dogmas.
Antes, aunque poco, se preocupó algo de si la religión natural, que
excluye toda revelación, basta al hombre para salvarse; de si por la
experiencia de los sentidos o por medio de la conciencia puede llegarse,
como por la fe, al conocimiento de Dios; de si el método demostrativo es
mejor que el hipotético y analítico: pero muy luego tales impulsos se
aquietaron, y como si aquella vida campestre influyera en él,
sobreponiendo lo material a lo ideal, cayó en una devoción ramplona, y
su pensamiento, sin tender a espaciarse, quedó encerrado en
infranqueables lindes. Los primeros sermones que pronunció fueron de
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