Dulce y sabrosa - 11

Total number of words is 4773
Total number of unique words is 1769
34.5 of words are in the 2000 most common words
47.5 of words are in the 5000 most common words
53.7 of words are in the 8000 most common words
Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
llama su marido? ¿Cuánto tiempo hace que están casados?
--¡Pero, hombre, se _l'a figurao_ a _ustéz_ que soy catecismo _pa_
responder a tantas cosas!
--Bueno, pues dime lo que sepas.
--¿No ve _ustéz_ que _entavía soy yo_ muy joven _pa_ ese oficio?
--No seas tonta. Lo que ganas tú en dos meses te lo doy yo en un minuto.
Por hablar nadie se pierde.
--_Sigún_... y yo no quiero líos.
Don Juan sacó del bolsillo del chaleco cuatro monedas de a veinte reales
y quiso ponérselas en la mano.
--¿Va usted a comprar la barandilla del _Prao_?
--Toma, mujer.
Ella hizo un movimiento como para alargar la mano; pero de repente se
echó hacía atrás esquivando el cuerpo y diciendo rapidísimamente:
--_Quitesusté pa_ un _lao_ que viene el coche con la señora...--y en voz
baja, muy baja, añadió--: Agur, hasta otro día, cuando me vea usted sola.
Don Juan, iluminado de súbita inspiración, repuso también muy aprisa:
--Aquí mismo, a esta hora, la primera tarde que llueva. No te
arrepentirás.
Julia no había mentido. La berlina bajaba echando chispas por la Plaza
de las Cortes. El cochero, al ver a la niñera, detuvo; abrió Cristeta
desde dentro la portezuela y subió la chica con el nene.

Como si el diablo fuese ordenador del tiempo en perjuicio del amor,
tardó bastantes días en llover, con lo cual don Juan comenzó a
desesperarse; tanto, que pensó en dar un golpe decisivo para inquirir
dónde vivía Cristeta. Pensó primero en que lo averiguase Benigno, su
ayuda de cámara; pero Julia era guapa, el hombre podía encapricharse...
Resolvió hacer la diligencia por sí mismo.
Una tarde fue al Retiro en una victoria tirada por un buen caballo, con
cochero previamente instruido y seguro de ser gratificado. Debía éste,
mientras don Juan pasease a pie, no perderle de vista, aproximarse a una
seña convenida y seguir luego tras la berlina de Cristeta. La traza no
era mala; pero falló. Manolo fue más listo, su caballo mejor y el
cochero de don Juan se quedó rezagado en un cruce de calles, donde hubo
confusión de carros y carruajes.
A esta intentona siguieron varios días de buen tiempo en Madrid, y de
mal humor en don Juan, porque ni la señora ni la niñera aparecieron por
el Retiro ni el Prado.
Cristeta dejó de ir a paseo y no permitió salir a la chica, con objeto
de excitar y enardecer más la curiosidad de don Juan; pero a la par que
esto hacía por reflexión, se apoderó de ella tal impaciencia que estuvo
a pique de escribirle diciéndole con terrible laconismo: «Ven.» Por
supuesto que si lo hace él se presenta de fijo en su casa o dondequiera
le citase, sin miedo a marido, aunque fuera más temible que el Gran
Turco. El pobre don Juan estaba rabioso por lo que le sucedía. Más de un
mes llevaba perdido en persecución de una mujer a quien dos años antes
había considerado peligrosa. «En realidad--pensaba, tratando de
explicarse su conducta--, esto es... una locura... un capricho. (Cuando
en materia de amor el hombre califica su gusto de capricho, es que está
ciego de amor propio.) Nada más que un capricho. ¿Se ha casado? Ha hecho
bien...; pero de mí no se burla una mujer a quien he tenido en los
brazos. Yo le enseñaré quién soy. Cuando se me antoja una la logro, y
cuando quiero la dejo, y luego, si me da la gana, vuelta a empezar. Una
noche... una tarde... una hora, y después vaya bendita de Dios. Aunque
esté casada con el mismísimo Padre Santo. ¡Se ha puesto tan guapa!»
Hasta entonces nunca había entrado en sus teorías ni en sus prácticas
intentar la repetición de semejantes aventuras, porque
despreciativamente calificaba esto de reincidencia vergonzosa. Pero ¿era
sólo amor propio lo que ahora le impulsaba al quebrantamiento de tales
doctrinas? No; y la demostración, terrible por cierto, consistía en que,
desde la tarde del primer encuentro con Cristeta, no se le había
ocurrido acercarse ni conocer, en sentido bíblico, a ninguna mujer. Y
fue sin premeditarlo, como si por instinto ahorrara brío, esfuerzo y
terneza, ilusionado con la esperanza de que se presentase la ocasión de
reanudar la lectura del poema estúpidamente interrumpido en
Santurroriaga.
Cuando, a fuerza de reflexionar sobre su situación, se dio cuenta de
aquella castidad, experimentó una sensación rarísima, mezcla de terror y
vergüenza: lo primero, porque le espeluznaba la perspectiva de que una
mujer le absorbiese y tiranizara el pensamiento; lo segundo, porque para
un hombre como él era ridícula semejante continencia. Quiso entonces
persuadirse de que no estaba cautivo de una idea fija, de que el
fantasma de Cristeta no le había sorbido la voluntad, y determinó
visitar a cualquiera de aquellas antiguas conocidas suyas, y de otros,
siempre dispuestas a representar papel de Danae no por una lluvia de
oro, sino por unos cuantos duros.
A fuer de inteligente y delicado en cosas de amor, era don Juan, aunque
no invulnerable a la seducción poco sensible a los halagos de
_vengadoras_, _momentáneas_ y _horizontales_. No le importaba que le
costase caro el viaje a Citerea; pero sentía repugnancia invencible a
pagarlo al contado, como si besos y caricias fuesen guantes y corbatas:
gustábale, por el contrario, dejar espacio entre el placer y la
remuneración para poetizar y envolver en voluntarias ilusiones lo
prosaico de la realidad, prefiriendo gastarse muchos centenares en un
regalo a dejar unos pocos sobre una mesa de noche o dentro de un
sortijero. Y tenía razón: ¿dónde hay cosa que tanto descorazone y
repugne como besar a una mujer y cinco minutos después darle dinero?
¡Todo se puede perdonar al oro menos que sirva para comprar el amor!
El resultado de esta quintaesencia de romanticismo bien entendido, era
que no conocía gran número de pecadoras. En cambio, aquellas a quienes
trataba constituían la flor y nata del gremio; el estado mayor de los
ejércitos del diablo. Unas, nacidas en baja condición, fueron
encumbradas en virtud de su belleza; otras habían trocado la miseria
vergonzante de la clase media por el esplendor lujoso de la corrupción.
A todas sirvió de escabel la imbecilidad de los hombres.
¿Cuál sería la que él utilizase de _modus vivendi_ y como remedio
pasajero a la soledad que le atormentaba? ¿A cuál de ellas se dirigiría?
¿A la encantadora Elvira? Cierto que tenía el cuerpo escultural,
vivificado por venas azuladas que parecían serpear entre tibia
carnosidad de rosas; mas su belleza estaba deslucida porque, teniendo el
pelo tan negro como las bayas de la yedra, había dado en la estúpida
manía de teñírselo de rubio lino. Además, era muy bestia, no podía
sostener una conversación, y con ella el dúo del amor casi se convertía
en triste soliloquio.
¿Enriqueta? Lánguida, esbelta, pálida y ojerosa, parecía sentimental y
romántica; pero al comer devoraba, bebía como un tudesco y amaba con
estremecimientos de epilepsia: pecar con ella no era rendir grato
tributo a la Naturaleza, sino hacer un favor.
¿Flora? La cara valía poco: chatilla y morenucha; lo demás, admirable,
el pecho como de Venus victoriosa, las caderas con curvas de ánfora, las
piernas como de Diana Cazadora; por mirarla desnudarse hubiera Orestes
prescindido de su venganza. Pero luego, no había que contar con ella: en
la situación culminante del coloquio amoroso se quedaba insensible,
entreteniéndose en seguir con la vista los dibujos del papel de la pared
o contando las estrías de las columnillas de la cama. Hacía concebir
grandes esperanzas y acababa prestándose al amor como a una servidumbre.
Durante el prólogo, sus sonrisas eran un estímulo; después, una mueca de
doloroso hastío.
¿Araceli? ¡Pobre muchacha! Tez de rosa enfermiza, piel dorada con
reflejos de ámbar. Cuando se destrenzaba el pelo, dejándolo caer suelto
hebra a hebra en torno del cuerpo, envolviéndose en un manto de oro
luminoso, parecía la diosa del pudor. ¿Por qué estaría siempre triste?
Bajo los rasgos de lápiz azulado con que se agrandaba los ojos brillaba
perpetua humedad de lágrimas. ¿Qué habría en su alma? ¿Laxitud de
pecadora cansada o nostalgia de castidad atropellada?
¿Marcela? Guapísima, juguetona, sensual, elegante, mimosa y zalamera
hasta el punto de aparentar que se entregaba ilusionada; pero... la
codicia en persona. No hablaba más que de previsión, ahorros y
peluconas. Oyéndola sin mirarla, podía uno imaginar que escuchaba
consejos de pariente tacaño. Un día, entre gatadas y bromas, le quitó a
un amante dos perlas de la pechera, y retorciendo una horquilla de las
llamadas invisibles, con su alambre finísimo improvisó un par de
pendientes, y se quedó con ellos.
¿Mercedes? La mentira en todo su esplendor. Afectaba exceso de pasión;
una noche de caricias suyas rendía más que tres días de caza.
¿Alberta? El tipo de la gran señora frustrada; no era cortesana por
miedo al trabajo, sino por ansia de brillar; hablaba inglés y francés;
leía a Byron y Musset en el original; el membrete de sus cartas
ostentaba este lema: _Una para todos y todos para una_. Sus manos eran
de reina, sus pies de niña, los ojos como violetas claras mojadas de
rocío..., pero tenía en su casa para abrir la puerta una hermana de
dieciocho años, tísica, que daba compasión. ¡La antesala del placer
parecía custodiada por el ángel de la muerte!
¿Leonor?... No la recordaba bien... ¡Ah, sí! La insaciable; hembra
peligrosísima. A semejanza de Diógenes, siempre andaba buscando un
hombre.
¿Blanca? La hermosura sin alma, la coquetería sin delicadeza. Poseía la
ciencia de vestirse e ignoraba el arte de desnudarse.
Margarita..., Paz..., Asunción...; profesionales vulgares que no sabían
más que entregarse como insensible mercancía a tantos o cuantos duros
vista. ¡No! Ninguna le servía. Pobres imbéciles condenadas a vender lo
inapreciable. ¡Farsantas de la comedia del amor, incapaces de imitar la
poesía de la realidad! ¡Ah, Cristeta! Tú, amante toda verdad, sinceridad
y entusiasmo, ¿dónde estabas? ¡Tú, la única que en cada beso daba un
poco del alma! ¡Sólo poner tu nombre junto con los de aquellas
desgraciadas, era ofenderte!
Don Juan no estableció comparación ni paralelo entre ella y las
sacerdotisas de Venus; pero instintivamente, sin quererlo, a cada
cuerpo, a cada rostro, a cada boca, a cada rasgo femenino que evocaba,
le parecían superiores el cuerpo, el rostro, la boca y el recuerdo todo
de Cristeta. ¿Por qué la dejaría? Y ella, ¿cómo se había entregado a
otro hombre? Lo primero fue insensatez; lo segundo pedía venganza.
Don Juan iba excitándose por grados. ¿Qué sería aquello? ¿Vanidad
herida, amor propio humillado, capricho incompletamente satisfecho?
Cristeta le ocupaba el ánimo, le absorbía la voluntad y le llenaba el
pensamiento. En ninguna encontró aquella rara mezcla de amor ardiente y
de cariño impecable, aquella voluptuosidad empapada de ternura, ni aquel
sensualismo exento de vicio. ¡Los labios de fuego, las miradas castas!
¡Ah, necio y mentecato, que por propia culpa la perdió!
«Ella..., ella ha hecho bien en casarse, o en regalarse a quien le haya
dado gana. La demostración de lo que vale--se decía él--está en la
conducta que observa. En el Retiro ni una sola mirada, y luego ha dejado
de ir. Indudablemente no va porque cuando me ve, sufre.»
¡Qué mezcla de risa, gozo y orgullo hubiera experimentado Cristeta si
por arte de magia le fuese dado asistir a tales monólogos! Y
generalizando el caso, ¡cómo se reirían las mujeres de los hombres si
les vieran pensar!

A todo esto sin llover; es decir, don Juan, imposibilitado de hablar con
Julia, la niñera, que ni se acordaría tal vez de la cita.
En cambio, fue a todos los teatros de Madrid, visitando varios cada
noche; asistió a estrenos, funciones de beneficencia y turnos distintos;
todo en balde. «No la dejará su marido, o no querrá ella separarse del
niño. ¡Claro! Una mujer así tiene que ser buena madre. Además, le dará
pena ir al teatro... ¡sitio en que me conoció! La verdad es que me he
portado muy mal. ¿Cómo buscarla sin comprometerla?... ¿Cuándo lloverá?
¿Se acordará Julia?» Poco faltó para que mandase hacer rogativas.
Por fin llovió, y con tal abundancia que acudir a la cita era ponerse
hecho una sopa.
Se calzó fuerte, se puso el impermeable y bajó al Prado, yendo a
colocarse ante la fuente de Neptuno, con los pies en un lago, el diluvio
en torno y la imaginación barrenada por la impaciencia. Transcurrió
media hora: según el reloj treinta miserables minutos; para el
pensamiento, treinta siglos de malestar y desesperación. Repentinamente
su espíritu se inundó de luz. A distancia de cien metros apareció Julia,
paraguas en mano pisando adoquines, saltando charquitos, tan airosa como
indecorosamente arremangada. Al llegar a cuatro pasos de él, dijo
chulescamente:
--Oiga usted, señorito, ¿me _tié_ usted que contar muchas cosas _ú_ es
que vamos a hacer de patos?
--Nos meteremos en un portal.
--¿Y si pasa alguno que me _conozga_ y lo cuenta?
--Tienes razón; vámonos a un café, sígueme.
Andando muy de prisa, llegaron a un cafetín cercano a la calle de
Atocha, sentáronse y acercóseles el mozo:
--¿Qué va a ser?
--¿Qué quieres tomar?--preguntó don Juan a la muchacha.
--Café con media de abajo.
--Pues yo... chica de cerveza.
--Hasta en botella le gustan a usted.
--Si son como tú, ya lo creo.
--No me peino _pa_ señores. Conque hable usted claro, que estamos lejos y
cae agua.
El lugar era ignominioso: un café con tabladillo para cantadores,
banquetas más destripadas que caballo de picador, el techo ennegrecido a
fuerza de humo, el ambiente apestando a tabaco de colillas, el piso
escurridizo y viscoso de saliva; al fondo, un mostrador lleno de vasijas
sucias y, en último término, una entre cocina y cueva, especie de
laboratorio infernal consagrado al dios Cólico. El local casi desierto.
Sólo en un rincón una pareja de chula y chulo, a quienes se oía decir:
_Él_.--Tres pesetas...; anda rica, tres pelas.
_Ella_.--Tres pares de cuernos..., so gandul.
_Él_.--Te voy a cortar la cara.
_Ella_.--¿La traes _afilá_?
Luego él cuchicheaba requiebros; la mujer sonreía lascivamente y,
después, sobre el mármol del velador, sonaban cuartos.
Sirvió el mozo lo que le habían pedido; comenzó don Juan haciendo muecas
al beber cerveza, quitó la chica un pelo que traía la tostada y,
guardándose las sobras del azúcar, habló de este modo:
--Ya he dicho que vivo lejos.
--¿Dónde?
--Es que si _paece_ usted por allí y huele mi señorita que tengo yo la
culpa, me planta en la calle.
--¿Tu señora se llama doña Cristeta Moreruela?
--No señor, es decir, Cristeta sí que se llama, pero el apellido es
Martínez.
--¡Imposible!
--_Pos_ si lo sabe usted, ¿_pa_ qué he hecho yo esta caminata? El señor
se llama Martínez, conque _sacusté_ la consecuencia.
--De modo que está casada, ¿desde cuándo?
--_Ende_ que le dijeron los latines, si se los han dicho.
--¿No estás segura?
--Segura no, porque no me convidaron; lo que sé es que el señor está en
_Felipinas ú_ en la Habana, de cierto no sé... vamos, en América.
Escribe _toos_ los correos y manda el _conquibus_, y la señora no para
de hablar del amo, y es buena, aunque _tié_ el genio _mu soberbio_, y no
se visita con nadie.
--¿Hacía cuándo crees tú que se casaron?
--El niño _tié_ veintiséis meses, conque...
--Y él en la Habana, ¿qué hace?
--¿Qué ha de hacer? _Empleao_. En la primavera viene.
Al decir _primavera_, Julia sonrió sin que don Juan lo notase, porque se
había quedado muy pensativo. De pronto, exclamó:
--Bueno, mujer. Pues... yo te pagaré bien, ¿entiendes?; pero desde hoy a
quien sirves es a mí.
--Eso no _pué_ ser.
--¿Por qué?
--Porque me va usted a pedir cosas que... me tendré que ir de la casa y
no me trae cuenta, porque el señor, cuando venga, va a emplear a mi papá
en consumos.
--Yo emplearé a tu papá y a toda tu familia.
--¡Qué fuerte se conoce que le ha _entrao_ a usted! Por supuesto que no
me extraña, porque a mi señorita _toos_ los hombres se la comen con los
ojos...; verdad que se quedan iguales, con las ganas.
--Debe de ser muy buena.
--Mal genio; pero tocante a... vamos, a eso que usted anda buscando, me
_paece_ a mí que es perder el tiempo. En fin, yo haré lo que usted me
mande, con una sola condición: que no _parezga_ usted por donde vivimos,
a lo menos hasta que...
--¿Hasta que nos arreglemos?
--Cabalito.
--Te lo prometo; me ayudas, te pago bien, y por ahora no pongo los pies
en vuestro barrio. Otra cosa: ¿son ricos? ¿Cómo tienen puesta la casa?
Aunque yo no haya de ir... ¿dónde vive?
--Vaya... pues... la calle no se la digo a usted, vamos, que tengo mucho
miedo a que me despidan.
Don Juan fingió resignarse con la negativa, y formó propósito de irse
luego siguiendo de lejos a Julia. Ésta continuó:
--El cuarto es _manífico_, de casa grande, muy hermoso, con vistas a un
jardín antiguo. Los muebles buenos; _pa_ la compra dan cuatro _ú_ cinco
duros diarios, y la señorita gasta unas ropas blancas muy ricas.
Don Juan permaneció un instante silencioso y luego dijo:
--Bueno, pues lo primero es que me averigües, con seguridad, si están
casados, y el punto, el pueblo donde está él, y qué empleo tiene.
Además, le entregarás esta carta a la señorita... y esto para ti.
Dicho lo cual, alargando la mano por bajo de la mesa, colocó sobre la
falda de Julia cinco monedas de a duro. El mágico efecto que causaron se
reflejó en la respuesta:
--¿Y cuándo nos _golvemos_ a ver?--dijo embolsando carta y dinero.
--Si contestara...
--¡Están verdes!
--Pues cuando le des la carta o la hayas puesto donde la coja, al otro
día haces una escapada.
--Muy tempranito ha de ser.
La perspectiva de un madrugón disgustó a don Juan; pero repuso
bravamente:
--¡No importa!
--¿Sabe usted el jardinillo de la Plaza Mayor? Pues... pasado mañana a
las siete y media.
--De siete y media a ocho.
--Corriente.
--Adiós.
Julia salió del café arrebujándose en el mantón; don Juan pagó en un
abrir y cerrar de ojos, se echó a la calle, miró en todas direcciones
deseoso de ver a la muchacha para seguirla y... nada; como si se la
hubiese tragado la tierra. Se acercó a una esquina cercana, luego a otra
un poco más distante, se paró, tornó a mirar hacia los lados, de frente;
todo fue inútil.
La grandísima pícara estaba escondida en una tienda de ultramarinos
inmediata al café: desde allí observó los movimientos de don Juan hasta
que le vio marcharse despacio, tan mohíno y preocupado, que, a pesar de
la lluvia, llevaba el impermeable sin abotonar, y la cabeza tan caída
sobre el pecho, que el agua le iba entrando por el cogote.
Luego que le perdió de vista salió ella de su escondrijo. La risa le
retozaba en el cuerpo, con los dedos metidos en la faltriquera iba
palpando los duros, y de trecho en trecho, temerosa de ser seguida,
volvía la cara. Precaución inútil. Don Juan marchaba en dirección
contraria, y de tan mal humor, que ni siquiera dirigía una mirada a las
mujeres que, al cruzar las calles enlodadas, se recogían las faldas,
enseñando algo de lo que a él tanto le gustaba.


Capítulo XVI
Donde se prosigue la demostración de que el amor puede hacer astuta a la
engañada y crédulo al engañador

La carta confiada por don Juan a Julia y leída con avidez por Cristeta,
decía lo siguiente:
_«Sé que no tengo derecho a pedirte nada, ni lo merezco, pero es
necesario que hablemos una sola vez; cinco minutos, donde tú
quieras. Puedes escribirme a mi casa con entera confianza. Creo
inútil firmar.»_
Cristeta pensó: «¡Qué lacónico y qué escamado! Lo que él quiere es
visita, entrevista para empezar a mentir, ponerse cariñoso y volverme
loca. No, pues todavía no.»
Llegado el día de la segunda cita entre Julia y don Juan, éste acudió
primero. A las siete y cinco estaba embozado en la capa y dando vueltas
por el jardinillo de la Plaza Mayor, que aparecía envuelta en la neblina
llorona y gris de la mañana. Paseo arriba, paseo abajo, empezó a
monologuear como todo el que espera:
«Esto es levantarse con el sol; estoy convertido en pájaro; no me falta
más que trinar..., todo se andará. ¡Cuánto tiempo hacía que no
madrugaba!; desde que troné con la devota. ¡Buen catarro me hizo pescar
en las Jerónimas! ¡Y qué habilidad tenía para entrar y salir en una
iglesia sin que la conociesen! Cualquiera hubiese creído que eran dos
mujeres distintas; entraba muy de prisa, inclinada la cabeza sobre el
pecho, recogida la falda, tan caído el velo que no se le veía más que la
punta de la nariz; salía derecha, irguiéndose para parecer más alta,
suelta la falda, el velo echado hacia atrás y pisando fuerte; nada, dos
personas distintas. Recuerdo que usaba un escapulario tamaño casi como
un ladrillo, pero muy perfumado con heliotropo blanco, y dentro del cual
escondía el retrato de su primer amante. Yo creo que era sinceramente
religiosa. Una tarde, mientras se quitaba el corsé, me dijo: «Mira tú si
el Señor es bueno que, según la doctrina, lo primero es amar a Dios
sobre todas las cosas, y fíjate en que no dice sobre todos los hombres.»
Los días en que se confesaba me decía entre caricias y besos: «Chico,
esto es coser por la mañana y deshacer la labor por la noche.» ¡Pobre
muchacha! Luego quiso seducirla un cura, y se hizo escéptica. ¡Con qué
poco se pierde la fe! ¡Bah! Aquello pasó... Ya tenía yo olvidado el
Madrid de por la mañana. Lo mismo está hoy que cuando iba yo a la
Universidad. Puestos de buñoleras, burras de leche, traperos, cocineras,
albañiles con blusa y tartera, el carro de la basura con un barrendero
encima que parece un cónsul romano preparándose para entrar en triunfo,
alguna pareja de estudiante y modista... ¡quién fuera él!... y yo aquí
hecho un imbécil esperando a una niñera..., ni más ni menos que un
soldado... Esa es la estatua de Felipe III o Felipe IV, no estoy
seguro... igual da. ¡Aquella sí que era buena época! Capa, espada,
linterna, escala, un buen criado, en las comedias antiguas les llaman
lacayos, el bolsillo bien repleto de doblas... y a perseguir tapadas.
¡Famosa debía de estar la corte! Libertad no habría; pero en cuanto a
divertirse, cada oveja con su pareja..., mejor que ahora. Ellas siempre
encerradas como monjas; así que cuando podían salir o meterle a uno en
casa, se volvían locas. Y eso que había frailes. ¡Los frailes! Eran
sabios que en materia de agricultura recogían sin sembrar, y en amor
sembraban sin recoger. Yo tengo la preocupación de creer que no hay
español que no tenga en las venas sangre de fraile... Siempre que se me
ocurre una idea mala, digo: esto, esto es atavismo, reminiscencia del
padre Tal o Cual, que debió de tener algo con alguna de mis abuelas...
El Madrid de hoy es insoportable. Todos los pisos bajos son tiendas,
apenas hay rejas. ¿Cómo se las arreglarían ahora aquellos galanes? ¡Qué
cosas se les ocurrirían a Villamediana y a Quevedo, viendo este Madrid,
que tiene la Plaza de Oriente al Norte, la estatua de la Comedia delante
del teatro italiano, y aquí en la Plaza de la Constitución la estatua de
un rey absoluto! ¡Cuánto disparate!... Pero, ¿no vendrá esa chiquilla?
¿Se estarán burlando de mí? No: Cristeta no es capaz... ¿Estará
realmente casada?... Importarme, no me importa nada; pero me
mortificaría que conmigo presumiese de incorruptible...»
A las ocho menos cuarto apareció Julia bajo el arco que da a la calle de
Toledo. Al verla, se dirigió hacia ella con mal disimulada impaciencia:
--¿Qué hay, buena pieza?
--_Pos_ verá usted. Lo primero que se me ocurrió fue decir a la señorita
que, estando yo en el portal, _yegó_ un _cabayero_ a dejar una carta, y
que como no estaba la portera, la tomé yo. Por lo pronto no se malició
nada; pero luego en cuantito que la leyó, se tragó la partida.
--¿Y qué cara puso?
--Sabe más que Lepe, Lepijo y toda su parentela. Me llamó, se encaró
conmigo, y me dijo que la carta me la habían _dao_ a mí _diretamente_, y
que si tomaba otra, me plantaba en la calle.
--Bueno; pero ¿crees tú que fue pamema o que se incomodó de veras?
--Le diré a usted; yo salí del gabinete haciendo como que me largaba a la
cocina, y me planté detrás de la puerta, y por una rendija miré... Se
quedó más blanca que el papel..., luego se sentó de espaldas; pero me
pareció que _yoraba_, _lo cual que_ no me lo explico.
--Vamos por partes: ¿te preguntó las señas del caballero de quien tomaste
la carta?
--Sí, y dije: buen mozo, con barba corta y bigote largo, bien _plantao,
mu fino_... en fin, usted.
--Gracias, prenda. Pues mañana tienes que venir aquí para que te dé otra
carta.
--Mire usted que me despiden.
--Calla, y escucha. Te daré la carta y la dejas sobre un mueble donde
ella la vea, Si riñe, hemos concluido, y pensaremos otra cosa: si calla,
ya sabemos a qué atenernos. Tú sírveme bien, y no te importe lo demás.
Toma, para ti.--La propina fue respetable.
--Me _paece_ a mí que me está usted metiendo en un berenjenal. A ver si
usted se come el queso y yo pierdo el pan.
--Yo lo remediaría. Otra cosa. Por lo que pueda ocurrir, es indispensable
que me digas dónde vivís.
--Bueno, pues mire usted, yo se lo diré a usted en cuanto huela que la
señorita _está por usté_; antes no porque me quedo en _mitá_ de la
calle: luego _ustés_ harán lo que quieran; pero le _azvierto_ a usted
una cosa, y es que..., la verdad, yo no sé si la señorita el día de
mañana le pondrá a usted buenos ojos, no la _conozgo_ bastante... y ya
sabe usted lo que son las señoras...; lo que sé, de seguro, es que tiene
mucho miedo a la _vecindaz_, que está llena de amigas y _conocías_ suyas
por _toos laos_; en casa no entra _dengún_ señor... y, en fin, que en
cuanto se asome usted por allí, ha _perdío_ usted el pleito. Como veo
que es usted una persona decente, no le quiero engañar. ¿Sabe usted lo
que le digo? Y mire usted, que aquí donde me ve usted tan joven, he
_servío_ en muchas casas.
--Habla mujer.
--Pues que de _yevar_ el gato al agua _tié_ que ser en otro barrio; pero
_mu_ lejos. Con el _caráter_ y las _cercunstancias_ de mi señorita,
_tié_ usted que ir a robar lejos, como los gitanos.
--Puede que tengas razón. En fin, por ahora seguiré tu consejo. Sin
embargo, a pesar de esto, quiero resueltamente que me digas dónde vivís;
yo no pareceré por allí, pero necesito saberlo. Y vive tranquila; lo que
a ti te trae cuenta es estar a bien conmigo. Conque habla, pimpollo.
Julia fingió vacilar, y por fin repuso:
--Bueno, pues vivimos en la calle de Don Pedro, número 20, la única casa
que _tié_ jardín con tapias _mu_ altas que dan a otra calleja
_estrechisma_. Pero ya le diré yo a usted cuándo _tié_ que _dir_ por
allí, no vaya usted a ensuciarlo _too_ por _pricipitación_.
--Corriente. ¿Vendrás mañana por la carta?
--Sí: agur, que se va a levantar el ama.
--Adiós, salerosa. ¿Sabes que me gustas?
--¿También le gustan a usted las sirvientas? _Pa_ mucha gente quiere
usted servir a la vez.
La segunda carta fue redactada en estos términos:
_«Cristeta: No quiero resignarme a que conserves mal recuerdo de
mí. Es necesario que te explique muchas cosas. Concédeme unos
cuantos minutos, y no volveré a molestarte nunca. Sé que la única
persona a quien puedes temer no está en Madrid. Espero con
impaciencia un recado o dos líneas tuyas. Recibe un respetuoso
saludo de_
J.»
Nuevo intervalo de veinticuatro horas, y nueva entrevista de la niñera
con don Juan al pie de la estatua de Felipe III. ¡Triste cosa, ser rey y
presenciar alcahueterías!
La mañana, extremadamente fría; lluvia mentidita de calabobos; don Juan
ojeroso y falto de sueño; la chica burlona, desenfadada y alegre.
--¿Qué hay?
--_Rigular._
--Explícate.
--Dejé la carta encima del tocador, entré poco después y la estaba
You have read 1 text from Spanish literature.
Next - Dulce y sabrosa - 12
  • Parts
  • Dulce y sabrosa - 01
    Total number of words is 4792
    Total number of unique words is 1868
    32.0 of words are in the 2000 most common words
    46.7 of words are in the 5000 most common words
    54.4 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 02
    Total number of words is 4711
    Total number of unique words is 1791
    32.8 of words are in the 2000 most common words
    47.6 of words are in the 5000 most common words
    53.9 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 03
    Total number of words is 4769
    Total number of unique words is 1705
    33.0 of words are in the 2000 most common words
    46.0 of words are in the 5000 most common words
    53.4 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 04
    Total number of words is 4738
    Total number of unique words is 1731
    33.3 of words are in the 2000 most common words
    46.1 of words are in the 5000 most common words
    52.9 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 05
    Total number of words is 4752
    Total number of unique words is 1764
    34.5 of words are in the 2000 most common words
    48.4 of words are in the 5000 most common words
    54.6 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 06
    Total number of words is 4724
    Total number of unique words is 1715
    33.7 of words are in the 2000 most common words
    47.5 of words are in the 5000 most common words
    53.6 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 07
    Total number of words is 4755
    Total number of unique words is 1792
    33.0 of words are in the 2000 most common words
    46.8 of words are in the 5000 most common words
    53.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 08
    Total number of words is 4825
    Total number of unique words is 1724
    35.0 of words are in the 2000 most common words
    47.4 of words are in the 5000 most common words
    52.5 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 09
    Total number of words is 4773
    Total number of unique words is 1799
    31.9 of words are in the 2000 most common words
    44.8 of words are in the 5000 most common words
    51.9 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 10
    Total number of words is 4728
    Total number of unique words is 1714
    36.0 of words are in the 2000 most common words
    49.3 of words are in the 5000 most common words
    55.5 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 11
    Total number of words is 4773
    Total number of unique words is 1769
    34.5 of words are in the 2000 most common words
    47.5 of words are in the 5000 most common words
    53.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 12
    Total number of words is 4738
    Total number of unique words is 1750
    34.4 of words are in the 2000 most common words
    47.6 of words are in the 5000 most common words
    54.6 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 13
    Total number of words is 4841
    Total number of unique words is 1741
    34.6 of words are in the 2000 most common words
    46.4 of words are in the 5000 most common words
    53.3 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 14
    Total number of words is 4738
    Total number of unique words is 1719
    34.3 of words are in the 2000 most common words
    48.1 of words are in the 5000 most common words
    54.3 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 15
    Total number of words is 4701
    Total number of unique words is 1730
    36.4 of words are in the 2000 most common words
    48.9 of words are in the 5000 most common words
    54.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 16
    Total number of words is 4789
    Total number of unique words is 1731
    34.7 of words are in the 2000 most common words
    46.8 of words are in the 5000 most common words
    52.4 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 17
    Total number of words is 4656
    Total number of unique words is 1759
    33.4 of words are in the 2000 most common words
    45.6 of words are in the 5000 most common words
    50.5 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Dulce y sabrosa - 18
    Total number of words is 4676
    Total number of unique words is 1848
    31.9 of words are in the 2000 most common words
    45.1 of words are in the 5000 most common words
    51.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.