Dulce y sabrosa - 10

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don Quintín como una música deliciosa. Luego, por la cuenta que le
traía, convenció a su mujer de que a Cristeta le era indispensable vivir
sola. Ambos viejos, medio en serio, medio en broma, la llamaron
descastada, ingratona y mala cabeza; pero se conformaron, quedando
resuelto que a nadie dirían su paradero.
Aquella tarde Cristeta permaneció encerrada en su cuarto arreglando
ropas y baúles, y al día siguiente salió muy de mañana, tan pobremente
vestida, que parecía una modistilla. Desde la Plaza Mayor bajó por la
calle de Toledo, torció luego hacia la derecha, a los pocos minutos de
marcha se detuvo en una calle cercana a San Francisco el Grande, miró el
número de una casa, entró en el portal sin vacilar, subió la escalera, y
en uno de los pisos altos llamó. A los pocos segundos le abría la puerta
una joven, guapetona y de fisonomía inteligente. Se llamaba Inés, y
había sido criada de doña Frasquita, de cuya casa salió para casarse con
un ex--cochero que, tras haber servido a un grande, con la protección de
éste y sus propios ahorros, estableció un servicio de carruajes por
abono.
Mientras duró el noviazgo de Inés y Manolo, que así se llamaba el mozo,
Cristeta compadecida de ellos, les protegió cuanto pudo, facilitando
salidas a la muchacha, disculpándola si tardaba, y hasta espumando el
puchero cuando la enamorada se entretenía un rato en la esquina
inmediata. Por último, al celebrarse la boda se prestó a ser madrina, en
nombre de una condesa a quien había servido el novio, y desde entonces,
agradecida la pareja, aunque parezca inverosímil, mostró siempre cariño
a la _señorita Cristeta_, sin parar mientes en que, a pesar de este
señorío, eran ellos casi ricos con relación a la sobrina de los
estanqueros.
Al verse Inés y Cristeta cruzaron unas cuantas frases llanamente
afectuosas, y según hablaban fueron entrando a un cuarto, en cuyas
paredes se veía hasta media docena de litografías con color que
representaban caballos y carruajes de distintas formas, láminas
arrancadas sin duda del catálogo de algún constructor de coches.
Componían el modesto mueblaje una consola, sillas de tapicería muy
usadas, procedentes de casa de los condes, y un sofá de gutapercha en
plena decrepitud. Sobre la consola había un santo bajo fanal, dos
floreros de loza con ramos de mano y varias fotografías; el retrato de
la condesa con galas de baile, haciendo pareja a éste el de Cristeta en
traje de teatro, el del conde a caballo y, por último, los de Manolo e
Inés, él con capa y ella con mantilla de casco.
Grave y trascendental debió de ser lo que trataron ambas mujeres, porque
a pesar de hallarse solas, Cristeta bajó la voz cuanto pudo, limitándose
Inés a contestar con inclinaciones de cabeza y caídas de párpados, que
denotaban conformidad y sumisión. Después el diálogo se hizo más
entrecortado, pero tan a la sordina, que quien hubiese estado cerca
habría oído unas palabras sí y otras no, quedando, por lo tanto,
incompleto y truncado el sentido de las frases. Por ejemplo:
_Cristeta_.--No sé..., dos, tres meses... Esencial..., niñera.
_Inés_.--Sí..., doña Jesualda..., don Pedro, casa vieja..., el
administrador conocido... Chico... mañana iremos juntas.
_Cristeta_.--Berlina..., tu marido. Los sitios convenidos de antemano...
¿Comprendes?
_Inés_.--Hablarán ustedes.
La conversación se prolongó mucho, y al final hablaron un poco más alto,
refiriéndose a lo anteriormente dicho.
_Inés_.--Todo se arreglará.
_Cristeta_.--Convéncele tú.
_Inés_.--Mañana sin falta.
_Cristeta_.--No tengo más esperanza.
_Inés_.--¿Quién sabe?
_Cristeta_.--Tómalo con empeño.
_Inés_.--Vaya usted tranquila, y hasta mañana...; pero, la verdad....
¡qué granujas son los hombres!
_Cristeta_.--Y nosotras, ¡qué simples!
_Inés_.--No, pues si todas fuéramos tan listas come usted, ¡pobrecitos!
_Cristeta_.--Con eso y con que no me sirva de nada...
_Inés_.--Adiós, señorita.
Aquella misma noche discutieron marido y mujer el caso, hasta que él
cedió a los deseos que tenía ella de complacer a la que fue protectora
de su amor.
Volvió Cristeta al día siguiente, y en la misma salita de la víspera fue
recibida por Inés, que la estaba esperando, acompañada de una mujer
entrada en años, corpulenta, ex--guapa, muy achulada y al parecer amable.
Inés dijo presentándolas mutuamente:
--Esta es la señorita de quien hemos hablado, aquí tiene usted a doña
Jesualda. A ver si se entienden ustedes.
La Jesualda habitaba un cuarto tercero interior de una casa de la calle
de Don Pedro; había sido prestamista, pero se le torcieron los negocios
y tuvo que renunciar al comercio. Entonces quiso vivir en compañía de
alguien que le ayudase a pagar el inquilinato, mas por lo apartado de
aquel barrio no halló gente de la condición que deseaba. Al oír la
proposición de Cristeta, comenzó presentando obstáculos y haciendo
aspavientos, luego sonrió maliciosamente, después fingió sentirse
súbitamente movida de simpatía, y concluyó aceptando el trato previo
ajuste del pago y otras condiciones. Hubo aquello de «con tal que no
haya escándalo..., yo no quiero líos..., usted parece persona decente,
etc., etc.». Todo lo cual oyó Cristeta violentándose para no enviar a la
Jesualda noramala.
En conclusión: por una cantidad módica dispondría de una alcoba y un
gabinetito con cuatro sillas, cómoda y un sofá de Vitoria; daría un
tanto para la comida, y habían de correr por cuenta suya el lavado y el
planchado de su ropa. Al final menudearon las promesas de fidelidad y
complacencia. Cuando se despidieron, Cristeta pensaba: «¡Bah!..., por
dos o tres meses...» Jesualda se decía: «Ahora rompe a volar...; pero
esta mocita se pierde de vista. Puede que sea una mina.»
Pasado un rato, Inés y Cristeta salieron juntas dirigiéndose a una casa
de la calle de San Lucas, que tenía un portalón, sobre el cual se leía
este letrero:
COCHES DE LUJO
ABONOS POR MESES
Se admiten caballos a pupilo
--Aquí es--dijo Inesilla al llegar, cediendo el paso a la señorita.
«La Virgen me ayude»,--pensó Cristeta, que iba muy preocupada.
Entraron: al fondo, bajo cobertizo, había varios coches; a la derecha
una gran cuadra; a la izquierda, un cuartito con una mesa, sobre la cual
se veían un tintero, varias plumas y dos gruesos cuadernos: era el sitio
donde Inés ayudaba a su marido tomando apuntación de los encargos y
reclamaciones.
Manolo, que estaba esperándolas, salió a recibirlas, y como lo tenía
todo hablado con su mujer, en seguida se entendió con Cristeta. A cuanto
ella decía contestaba:
--Con usted no quiero ganar; en no perdiendo, lo que usted mande; como
que es usted más buena que el pan.
Al despedirse estaban de acuerdo.
Cristeta e Inés quedaron juntas en el cuartito; la segunda decía:
--Con la Jesualda no estará usted mal; es formalota y no tiene mala
vecindad; abajo, una viuda y su hija que cosen para el corte; en el
segundo, una tal Mónica, que tiene huéspedes de medio pelo, ¡figúrese
usted en aquel barrio qué huéspedes ha de haber!; arriba, un militar
_retirao_ que vive con una que dicen si es sobrina _u lo otro_; y en el
sotabanco, la madre del niño y la sobrina, que ahora las llamaré. Toda
esta gente en lo interior; la parte que _tié_ vistas a la calle, ya lo
sabe usted, es de los señores dueños de la casa. Lo _prencipal_ es que
yo estoy cerca, y si se pone usted mala no ha de faltarle _ná_. Yo no
acabo de hacerme cargo de lo que usted prepara; en fin, cuando usted lo
hace, sus motivos tendrá. En cuanto a mi Manolo... es _callao_, no lo
sabrá ni la tierra, y como él arree un _cabayo_..., ya _puén golverse_
locos los que la busquen a usted.
En seguida llamó a la mujer de un mozo, la cual se presentó a los pocos
momentos acompañada de una sobrina, de dieciséis años, graciosa,
esbelta, vivaracha, al parecer muy inteligente, y que traía de la mano a
un niño de dos años. Aunque desarrapado, sucio y mocoso, el chiquitín
parecía un angelito. Muchos lores ingleses hubieran dado sus bosques de
Escocia y sus rentas de la India por ser padres de un muñeco como aquél.
La chiquilla tenía trazas de descarada.
Cristeta habló en voz baja con ella y con su tía. Ésta dijo:
--Ya _má enterao_ la _señá_ Inés de lo que usted desea. No hay
_deficultad_, _mayormente_. De cuartos, lo que diga la _señá_ Inés,
porque yo la debo el pan... La chica es ésta..., ya la ve usted, ¡más
lista!, parte un pelo en el aire, como que la querían en un taller _pá_
ir a la cobranza de cuentas _atrasás_ a las señoras que no pagan..., y
el niño, aunque sea mío..., _velay_ que _paece_ un _capuyo_ de rosa. Por
supuesto, que ha de dormir en mi casa.
Cristeta cogió al niño, hízole fiestas y, mirando a la sobrina,
preguntó:
--¿Cómo te llamas?
--Julia, para servir a Dios y a _ustéz_.
--Bueno, pues tú y yo hablaremos despacio. ¿Harás todo lo que te mande?
--Ya lo verá _ustéz_; todo.
Intentó Cristeta dar a la muchacha instrucciones detalladas, pero la tía
interrumpió la explicación, que amenazaba ser larga, con estas palabras:
--Eso mañana, en su casa de _ustéz_, o lo que es lo _mesmo_, en la
nuestra, porque va le habrá _esplicao_ a _ustéz_ la señorita Inés que
nosotras vivimos encima de doña Jesualda, en el sotabanco. En cuanto a
la chica, es obediente, _espabilá_ y _tóo_ lo ha de hacer a
_satisfación_.
--Entonces, asunto concluido--dijo Inés.
Luego acompañó a la señorita hasta el centro de Madrid, donde cerca del
estanco se separaron. Cristeta siguió sola, tan ensimismada, que ni
siquiera se fijaba en que, a pesar de lo humildemente que iba vestida,
los hombres se la comían con los ojos.
Al día siguiente, muy temprano, salió del estanco y fue a casa de una
modista, con la cual, tiempo atrás, contrajo amistad mientras trabajó en
el teatro.
Estuvo largo rato viendo telas, escogiendo colores, examinando
figurines, probándose modelos y dejándose tomar medidas. Todo lo que se
encargó fue sencillo y elegantísimo; pero caro para ella. La modista
sonreía maliciosamente, como diciendo: «Esta ya cayó. Parroquiana
tenemos. ¿Quién será el pagano?»
Otras dos mañanas pasó Cristeta comprando de tienda en tienda guantes,
velitos, menudencias de adorno y pequeñas galas de esas que son
complemento de todo traje femenino. Y por último, después de haber
preparado cuanto consideró necesario, una tarde, entre dos luces, se
mudó al tercero interior de doña Jesualda, en la calle de Don Pedro. En
un carrito fueron la cama, sus dos baúles, un arca y varios líos de
ropa; ella montó en un simón, llevando sobre las rodillas el costurero
que en días más tranquilos le regaló don Juan.
La despedida de los tíos no fue dramática. Doña Frasquita parecía decir:
«Hágase tu voluntad.» Para ella Cristeta simbolizaba el teatro, es
decir, la perdición y los vicios de su marido. Don Quintín sonreía
mirando socarronamente a su sobrina; desde que la sabía conocedora de
sus liviandades, recelaba que hablase. Cristeta estuvo muy cariñosa, y
en el momento de salir del estanco, lloró. Allí había pasado los
primeros años de la juventud; allí había soñado con damas, galanes,
romances, raptos, aventuras, trajes y aplausos; allí, sobre todo, sufrió
las primeras noches de insomnio pensando en Juan.
Por la noche, ya en su nueva casa, permaneció largo rato, primero
echando cuentas por los dedos y luego haciendo números en un papelito.
Temía que le faltase dinero.
Después de acostada, sus recuerdos y esperanzas comenzaron a desvelarla.
Borrosas memorias de la infancia, primeros latidos de la juventud,
amarguras, goces conseguidos, deseos frustrados, proyectos rotos,
espejismos que finge la ambición, retazos de lo pasado y visiones de lo
porvenir... ¡Parece que os refugiáis entre los pliegues de la almohada y
que, cuando en ella reclinamos la cabeza, salís a estorbar el sueño,
hermosa imagen de la nada!
«Sí, esta es la tercera o cuarta cama en que duermo... De chiquita... no
hago memoria... ¡Ah, sí! Mi madre era rubia, muy guapa: siempre estaba
trabajando con almohadillas, encajes y alfileres...; el pelo como el
oro, la voz dulce...; debió de ser muy desgraciada. ¡Por qué no habrá
vivido mi madre! Luego he dormido en casa de los tíos. ¡Pobrecillos,
nunca les abandonaré! Después la cama de la fonda en Santurroriaga...
¡con él!..., y ahora esta alcoba, porque la cama es la mía. Si algún día
tuviera yo casa, quisiera conservar esta cama. ¡Dios mío, qué será de
mí!... Juan... Aunque no me tocara nunca...; pero sentirle cerca...,
verle todos los días..., saber lo que piensa..., cuidarle..., que me
hable con cariño... ¿Por qué encontrarán otras mujeres quien las
quiera?...»
Se quedó dormida con un brazo caído fuera del embozo, despechugada y el
pelo revuelto en primoroso desorden sobre la almohada, como madeja que
hubiesen enmarañado ángeles.



Capítulo XIV
Del cual se colige la vulgarísima verdad de que el hombre es un
animalucho que desprecia lo que posee y torna a desearlo cuando le
parece ajeno

Dos años y algunos meses pasaron desde que don Juan abandonó a Cristeta
en Santurroriaga hasta que volvió a Madrid.
Al encontrarse con su víctima en las alamedas del Retiro, se quedó
asombrado. Pasó casi toda la noche pensando en ella, y lo poco que
durmió, contemplándola en sueños. Puesta su memoria en constante
trabajo, recordó cuanto a la pobre muchacha se refería: la primera vez
que hablaron, su diplomacia en cortejarla, los diálogos en el cuartito
del teatro, interrumpidos bruscamente por las entradas del segundo
apunte... ¡Qué guapa estaba con aquellos trajes! Creía verla de paje, de
chula, de princesa, de gitana, y a veces medio desnuda, envuelta en un
amplio manto rojo, destacando sobre un fondo de plantas tropicales y
aureolada por los resplandores de la luz eléctrica. Al caer el telón (le
parecía que fue ayer), abandonado el palco, bajaba las escalerillas de
estampía... Después, Santurroriaga, la fonda... ¡y el Paraíso!
A la madrugada despertó intranquilo. Sin poder ni querer sofocar los
impulsos de la imaginación, siguió complaciéndose en recordar lo que
sintió por Cristeta, semejante al niño que, tras haber destrozado un
juguete, se obstina, desvive y rabia por recomponerlo y restaurarlo.
Después hizo mil conjeturas, fundadas en la diferencia que existía entre
la Cristeta que le perteneció y la que acababa de ver en el Retiro.
¡Cuánto mejor le sentaban las galas de señora que los oropelescos e
impúdicos disfraces del teatro! Le parecía mentira que fuese la misma a
quien tantas veces tuvo entre los brazos. No podía decirse que hubiese
sufrido, sino gozado cambio; antes era fina, gentil y airosa; ahora, sin
perder elegancia, esbeltez ni gallardía, estaba más llenita y
redondeada; de linda se había trocado en hermosa. ¡Y qué modo de vestir!
¡Buena modista y buen pagano!, porque todo lo que llevaba puesto era
rico. ¿En poder de quién estaría? ¿Qué vida habría hecho desde que él la
dejó burlada? Fuese amante o marido, hombre había por medio; era
imposible explicarse de otra suerte el lujo que ostentaba, y mucho menos
la existencia del niño. Lo más verosímil era que se hubiese casado,
porque su severa elegancia, exenta de perifollos llamativos, no era
propia de aventurera, sino de muy señora. Pero... ¿habría tenido la
criminal imprudencia de casarse engañando a un hombre, ocultándole su
pasado? ¡Lo pasado! En el largo catálogo de sus conquistas, ninguna
recordaba don Juan que valiese lo que aquélla. No; en el alma de
Cristeta no cabía la doblez de hacerse valer como doncella intacta..., y
aún era menos admisible la suposición de que ella, tan poética y
desinteresada, cobrase amor a un hombre capaz de quererla como propia
sabiendo que otro la gozó primero. Lo cierto era que él había tenido
sucesor, y la existencia del niño demostraba que el reemplazo fue
rapidísimo. Nunca pudo--recordarse con más oportunidad aquello de «a rey
muerto, rey puesto». «¡Al fin, mujer! Tanta promesa, tanto juramento, y
luego... Todas son iguales--seguía monologueando don Juan--. Mientras no
tienen idea exacta de lo que es el hombre, se embriagan de poesía y de
ilusiones; pero en cuanto lo saben, quieren hartarse de realidad. A
otras no es el amor ni el hombre quien las pierde, sino el lujo: la
serpiente del Paraíso debió de presentar a Eva la manzana envuelta en un
corte de vestido o metida en una capota. Sin embargo, mucho ha de haber
variado Cristeta hasta igualarse con las que se prostituyen por cintas y
brillantes. Aunque la cosa resulte anómala, tiene que estar casada...
¡tal vez casada por amor!»
No le faltaba razón. En la hermosura de los hijos suele reflejarse el
amor que se tuvieron los padres, y aquel niño tan lindo no era escultura
modelada con indiferencia. ¿Qué edad tendría? Un par de años,
aproximadamente el tiempo transcurrido desde que él dejó a la madre.
«Entonces... ¿cómo explicar?... Calma, calma--continuaba--, vamos a ver.
Fue en agosto..., un año, dos... no sale la cuenta. Sería preciso creer
que en seguida, en seguidita que yo escurrí el bulto se _lió_ con otro.
¡Qué falta de pudor! Lo único claro y patente es que los mimos, las
ternezas, aquel entusiasmo... ¡todo farsa! También esto lo repugno; no,
Cristeta no es mujer que se entregue a cualquiera de la noche a la
mañana, mucho menos en aquellas circunstancias, sin necesidad, porque yo
le regalé mil duros... para vivir un año. Entonces, ¿en qué quedamos?
No, pues lo que es yo no he colaborado a la venida del angelito al
mundo. ¡Poca prisa que se hubiese dado ella a buscarme! Por otra
parte..., ni su aspecto de ahora, ni su índole, ni su carácter, me
autorizan para creer que haya _dado el salto_, es decir, que esté
entregada a la circulación como un billete de banco. Luego no hay
escape: cuando yo hice la memada de dejarla, encontró con quien casarse
y aprovechó la ocasión. ¡Bien le ha sentado el matrimonio!... Está mil
veces más guapa que antes. ¡Y yo que llegué a creer que me quería! Es
decir, quererme..., no..., aunque sí, como se quiere al primero..., la
novedad, la sorpresa, el despertar de los sentidos..., pero yo buscaré
modo de darle a entender que no me ha engañado. ¡Cómo se habrá reído de
mí! Aunque no sea más que un cuartito de hora tengo que hablar con ella
y decirle: ¿Conque me querías tanto..., estabas loquita..., a mí
solito?... ¡Embustera! Si hubiese creído que me querías no me habría
marchado... Está hecha una real moza... ¡qué modo de andar y qué cuerpo,
y qué señorío, y qué boca!... Pero, en fin, para mí es cosa perdida...,
aunque nadie sabe lo que puede suceder. Si está casada con un hombre de
cierta clase, vamos, de buena sociedad, persona conocida, algún día nos
encontraremos en teatro, baile o tertulia, y entonces... ¡Una vez, nada
más que una vez, por capricho, por el gustazo de avergonzarla! Y sin
temor de ninguna clase, estando casada... todo consiste en ser prudente.
No hay comparación: vale ahora infinitamente más. Antes era... lo que
era: una comiquilla decentita y graciosa; ayer parecía una duquesa.
¡Daría cualquier cosa por saber todo lo que ha sucedido! A mí no me
importa..., vayan benditos de Dios ella y el estúpido a quien haya
pescado...; pero, ¡como yo la coja un día!..., vamos, que no me quedo
sin plantarle cuatro besos y decirle cuatro verdades.»
Siguió pensando largo rato. La sospecha de que el chico fuese suyo le
parecía lisa y llanamente absurda y, sin embargo, estaba dentro de lo
posible. ¿Se habría casado? Todo el empeño de don Juan estribaba en
persuadirse de que el tal matrimonio le tenía sin cuidado, a pesar de lo
cual la hipótesis iba tomando amarga intensidad de torcedor. ¿Lo habría
callado todo, engañando a un hombre o, por el contrario, le confesaría
su pasado? Si lo primero, era infame y despreciable; si lo segundo,
necia y sinvergüenza por unirse a quien tales tragaderas tuviese. Tal
vez viviera poniendo precio a su belleza. Esta suposición era la que más
daño le hacía. Casada... malo...; pero lo _otro_, peor mil veces. La
sangre se le agolpaba al cerebro.
Cuando desmenuzando con la reflexión todas aquellas verosimilitudes y
conjeturas cayó en la cuenta de que la suerte de Cristeta le preocupaba,
y que además le entristecía la posibilidad de su perdición, experimentó
una emoción indefinible. En el reloj del despacho sonaron las ocho de la
mañana. Entonces, irritado y mohíno al considerar que había pasado la
noche en blanco, se obstinó en pensar claro y armarse de sangre fría.
¿Qué diablos era aquello? ¿De cuándo acá meditaba él con semejante
aquilatamiento sobre lo que hubiese podido suceder a una ex--querida? Lo
cierto era que sólo había dormido un rato, y ése soñando con ella. La
mayor parte de la noche fue de completo desvelo, de verdadero insomnio.
Era necedad resistirse a la evidencia; desvelado... ¡y casi febril!
¡Quitarle el sueño una mujer! Y no una señora curtida en achaque de
aventuras, ni una doncellita boba temible por su misma ingenuidad, ni
una astuta sabedora de todas las bajezas que el hombre es capaz de
cometer _antes_, y de las infamias que hace _después_, nada de esto,
sino que se trataba de una mujer incauta, inexperta, gozada y
abandonada. Cierto que la dejó, pero sin escarnecerla ni despreciarla.
En cambio ella se vengaba turbando el tranquilo curso de su vida,
haciéndole sufrir una dolorosa mortificación de amor propio y, lo que
era más grave, inspirándole ideas cuyo alcance no podía calcular.
Las últimas frases que don Juan pronunció mentalmente en aquel largo y
humillante monólogo fueron estas: «Sí, ¿eh?... Pues ahora me gusta más
que antes... ¡ella caerá! No es que me importe, nada de eso... lo único
que quiero es tenerla una vez entre los brazos... porque sí... ¿Qué se
habrá figurado la grandísima tonta?»


Capítulo XV
Donde se ve que cuando el hombre tiende la red, ya está pescando la
mujer

El día en que don Juan vio a Cristeta en el Retiro, fue domingo. Al
siguiente, hizo el viaje en balde: procuró distraerse mirando y
remirando a cuantas pasaban; mas en vano. Acaso no faltasen en el paseo
mujeres guapas y elegantes, pero todas se le antojaron cursis o feas. La
de bonitos pies, tenía el cuerpo atalegado; la de cintura esbelta, era
antipática de rostro; la bien vestida, horrible; la hermosa, iba hecha
un adefesio. ¿Sería cosa providencial? No, sino que él llevaba grabada
en el magín, como única apetecible y codiciable, la que realmente
deseaba.
Entretanto, la maquiavélica Cristeta estaba solita en su modesto
albergue de la calle de Don Pedro, diciéndose: «Hoy me andará buscando.»
Martes. Hermoso día de otoño, aunque algo fresco. En el Retiro muy poca
gente: don Juan llega de los primeros, se cansa de andar, se disgusta y
siente impulsos de volverse a casa. Por fin comienzan a venir paseantes.
A las cinco aparece Cristeta al término de una alameda: traje, el mismo
del día pasado; lleva al niño cogidito de la mano y el coche les sigue a
corta distancia. Don Juan se adelanta, acorta la marcha, la deja pasar,
la alcanza y retrocede, todo sin dejar de mirarla. Ella, calmosa,
serena, impasible, como si no le conociera. Fue tan marcada su
indiferencia, que don Juan se dijo: «¡Tendría gracia que yo me hubiese
equivocado!» Pero tornó a mirarla y se convenció de que era ella, la
misma, la propia Cristeta, que tantas veces le había dicho: «¡Juan mío!»
Poco le faltó para llegarse a ella y hablarla. Por fortuna se contuvo
pensando: «¿Y si me pega un bufido y me pongo en ridículo? No, todavía
no.» Final, el mismo de la primera vez. El coche se para, Manolito, que
va en el pescante, se quita respetuosamente el sombrero. Cristeta coge
al niño, lo sienta, sube y desaparece sin que don Juan pueda sorprender
una mirada de reojo, ni el más leve indicio de curiosidad. Atormentado
del despecho, no se le ocurre más que esto: «Un cochero _de abono_ no
saluda de esa manera; el carruaje es suyo. No me cabe duda; está casada.
¡mejor!»
Miércoles. La tarde fría, las alamedas desiertas; llega don Juan, abarca
con la vista aquella soledad y piensa: «¡Si viniese ahora mismo!»
Después anda un buen rato a paso largo para entrar en calor, hasta que
aparece Cristeta seguida de la niñera, que trae al pequeñuelo en brazos.
Comienza a soplar un Norte muy desapacible; las hojas secas, arrebatadas
de los árboles, forman en el suelo ruidosos remolinos de oro. Ella se
muestra más indiferente que nunca. El viento, al agitar su falda, le
pega la tela a las piernas, modelando indiscretamente sus formas y
dejando al descubierto los pies. Diez o doce minutos de paseo. Una
turbonada; aquello se hace insoportable. Otro día perdido.
Jueves. Lloviznando. Cristeta, encerrada en casa, se distrae zurciendo
ropa blanca. De rato en rato, hilos y aguja se le caen sobre el regazo.
«Veremos... ya lleva tres ojeos. ¡Se me pasan unas ganas de hacerle
señas para que se acerque!»
Don Juan anda mientras tanto aburriéndose en visitas y sin poder
desechar de la imaginación aquellos pies que pisan la arena como sin
tocarla. «Sí, el traje el mismo, menos las medias; las de ayer eran
negras con lunares azules... Parece que se le han agrandado los ojos. ¡Y
qué cuerpo!»
Viernes, sábado y domingo. Lluvia continuada: un temporal. Ella con
jaqueca, tumbada en el sofá de Vitoria y fija la vista en la pared. Al
caer la tarde, cuando escasea la luz, cree ver dibujarse sobre la blanca
superficie del muro una serie de escenas en que don Juan, arrodillado a
sus pies, le pide perdón con frases muy apasionadas. Por desgracia o por
fortuna aquello es una visión destituida de realidad, un sueño, porque
si él entrase... ¡sabe Dios!
Segundo lunes. Hermoso día, pero el piso demasiado húmedo. Don Juan
piensa: «No irá», y se queda en casa leyendo. Cristeta sale. Al fin
mujer. Paseo en balde. Luego, noche de insomnio pensando: «¿Estará
malo?»
Martes. Sol esplendoroso, piso seco, ambiente primaveral. Casi al mismo
tiempo llegan ambos espoleados por la impaciencia. Ella con otro traje:
falda ceniza y abrigo muy oscuro, de paño todo bordado; sombrero gris
con gran lazo y velillo; en vez de zapatos, botas. Don Juan, que va
resuelto a hablar, se acobarda viendo a la niñera. «No: los criados son
enemigos, no quiero comprometerla. Pero cuando viene aquí, cuando no se
va de paseo a otra parte... por algo es.»
En estos y parecidos lances, es decir, sin ninguno notable,
transcurrieron veintitantos días.
Por fin, una tarde, cuando don Juan iba por frente a la Cibeles,
dirigiéndose al Retiro, vio a la niñera sola con el chico. Buscó con las
miradas a Cristeta; pero en balde, y se dijo: «Ésta es la mía.»
La niñera era pequeña, menudita, lista, graciosilla y achulada; un
aperitivo o un _hors d'oeuvre_, si don Juan no tuviese puesto en más
alta empresa el pensamiento. La chica, llevando al pequeñín de la mano,
se dirigía hacia la parte del Prado donde paran los cochecillos tirados
por cabras o burritos para recreo de niños. «Bueno--pensó don Juan--;
luego vendrá la madre a buscarles.» Una hora fue siguiéndoles a larga
distancia y gruñendo entre dientes: «¡Que haga yo esto!»
Las cinco; Cristeta no viene y la niñera endereza los pasos hacia la
Carrera de San Jerónimo; don Juan no aguanta más y, colocándose junto a
ella, le habla de este modo:
--Cuerpo bonito..., ¿vamos de retirada? Parece que hoy no ha salido la
señorita.
--¿Y a usted qué se _l'importa_?
--No te atufes, mujer; cuando te lo pregunto, por algo será.
--Es que yo no sé quién es _ustéz_.
--¿Crees que te voy a comer?
--Ya... como que no soy hierba...
--¡Qué mal genio tienes y que reguapa eres!
--Es que no quiero músicas y no se meta usted conmigo, que yo voy por mi
camino y la calle es del rey.
--No seas tonta y baja la voz. ¿Qué trabajo te cuesta contestarme a
cuatro preguntas? No te arrepentirás; mira que soy muy agradecido.
Julia se detuvo diciendo al chiquitín:
--Aguarda, hijo, que este _cabayero_ me va a sacar de pobre.
--Tu señorita se llama doña Cristeta, ¿verdad? ¿Dónde vivís? ¿Cómo se
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