Ataramiñe'07 Euskal Errepresaliatu Politikoen Literatura Koadernoak - 15

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mismo tiempo que me expresabas un cariño que me arrojó al desconcierto porque no lo esperaba. Lo hubiera esperado antes, pero ya no en
ese momento. Cuando sonó el teléfono me encontraba recogiendo
algunos documentos de mi mesa y ya tenía en el bolsillo de la americana el billete para Inglaterra. Fue como si de pronto aquella Guardia Civil
española de la que hace años nos libramos hubiera asaltado mi despacho llevándome preso y alejándome de ti, pues venías a mí en el preciso momento en el que yo debía partir. Aquello que creí el destino había
cruzado nuestros caminos, y ahora que podían discurrir unidos resultaba que tenían que separarse. ¿Predestinados también a ello?
Cuando acabaste de relatar los problemas con tu marido, que habían
desembocado en la separación de la que me hablabas, fui yo quien tomó
la palabra para comunicarte la novedad que había en mi vida. Se hizo un
silencio que a buen seguro rasgó lo más profundo de nuestro corazón,
en aquellos momentos compartido, y no pude más que decirte que
podíamos vernos en el aeropuerto. Mi avión con destino a Londres saldría sobre las 9 de la noche y tenía que tener los paquetes facturados y
la documentación entregada en embarque como muy tarde a las 7, para
la formalización de algunos trámites relativos a la valija diplomática. Así
que disponíamos de dos horas para compartir en la sala de espera del
aeropuerto de Sondika. Fueron las primeras dos horas en las que éramos nosotros mismos: tú sin tu marido y yo sin mis amantes. Recuerdo
que sólo nos besamos, pero que aquel contacto fue el punto de partida a todo esto que vivimos ahora. Un beso de aeropuerto que dio
comienzo a nuestra relación en la distancia; a este universo compartido

178

pero limitado a cartas y teléfono, pues por todos estos problemas laborales que nos condicionan a ambos sólo podemos estar físicamente juntos en muy poquitas ocasiones.
Mientras esperaba al avión nos dijimos que haríamos todo lo posible por
mantener una relación mas o menos normalizada a pesar de los obstáculos con los que nos íbamos a tropezar en el camino, ya que desde ese
mismo momento sabíamos positivamente que es muy complicado llevar
adelante un proyecto de vida y de cariño cuando median más de mil
kilómetros entre las partes y en contadas ocasiones a lo largo del mes
tendríamos la oportunidad de compartir un abrazo. Difícil se nos planteaba el asunto pero nos lanzamos a afrontarlo. Puede ser que tú estuvieras necesitada de alguien en quien confiar después de lo de tu marido y que yo viera en ti ese cariño cómplice que necesitaba. En esos contextos hay ocasiones en las que es casi mejor tener un poco lejos a la
persona en la que nos refugiamos porque así el amor que recibimos no
interfiere en la libertad que disfrutamos. Además, ninguno de los dos
contábamos con enamorarnos el uno del otro en aquellos momentos.
Tal vez el inicio de nuestra relación tuvo algo de terapéutico.
Terapia o no, lo cierto es que casi sin darnos cuenta nos embarcamos
en la difícil empresa de pretender construir un mañana compartido burlándonos del tiempo y del espacio. Y como sabíamos de antemano lo
complicado del proyecto, decidimos no hacernos jamás promesas de
provenir; es decir, intentaríamos alcanzar el futuro sin proyectos ni promesas de futuro. ¿Recuerdas? Puede parecer un contrasentido, pero a
ello nos lanzamos desde aquella despedida en el aeropuerto y para conseguirlo nos hicimos un pacto basado en el respeto y la libertad. Me
viene a la memoria que mientras nos decíamos adiós dijiste que algo
basado en el respeto y la libertad era ya de por sí suficientemente hermoso como para que perdurara por encima incluso de una eventual
ruptura.

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Fernando Alonso Abad
“Que no me falten nunca flores” eta “Brotes de roble”

la que se me mezclaba la resignación y el despecho a partes iguales
acepté el cargo, que conllevaba una cláusula contractual según la cual no
podía abandonar el destino bajo ningún concepto en un mínimo de
cinco años negociable tras ese periodo.
El mismo día que firmé el contrato resultó que a la tarde recibí tu llamada en mi antiguo despacho en la que me decías que acababas de
dejar a tu marido porque la convivencia con él se te hacía insoportable.
Me comunicabas tu repentino -para mí- cambio de situación civil al
mismo tiempo que me expresabas un cariño que me arrojó al desconcierto porque no lo esperaba. Lo hubiera esperado antes, pero ya no en
ese momento. Cuando sonó el teléfono me encontraba recogiendo
algunos documentos de mi mesa y ya tenía en el bolsillo de la americana el billete para Inglaterra. Fue como si de pronto aquella Guardia Civil
española de la que hace años nos libramos hubiera asaltado mi despacho llevándome preso y alejándome de ti, pues venías a mí en el preciso momento en el que yo debía partir. Aquello que creí el destino había
cruzado nuestros caminos, y ahora que podían discurrir unidos resultaba que tenían que separarse. ¿Predestinados también a ello?
Cuando acabaste de relatar los problemas con tu marido, que habían
desembocado en la separación de la que me hablabas, fui yo quien tomó
la palabra para comunicarte la novedad que había en mi vida. Se hizo un
silencio que a buen seguro rasgó lo más profundo de nuestro corazón,
en aquellos momentos compartido, y no pude más que decirte que
podíamos vernos en el aeropuerto. Mi avión con destino a Londres saldría sobre las 9 de la noche y tenía que tener los paquetes facturados y
la documentación entregada en embarque como muy tarde a las 7, para
la formalización de algunos trámites relativos a la valija diplomática. Así
que disponíamos de dos horas para compartir en la sala de espera del
aeropuerto de Sondika. Fueron las primeras dos horas en las que éramos nosotros mismos: tú sin tu marido y yo sin mis amantes. Recuerdo
que sólo nos besamos, pero que aquel contacto fue el punto de partida a todo esto que vivimos ahora. Un beso de aeropuerto que dio
comienzo a nuestra relación en la distancia; a este universo compartido

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pero limitado a cartas y teléfono, pues por todos estos problemas laborales que nos condicionan a ambos sólo podemos estar físicamente juntos en muy poquitas ocasiones.
Mientras esperaba al avión nos dijimos que haríamos todo lo posible por
mantener una relación mas o menos normalizada a pesar de los obstáculos con los que nos íbamos a tropezar en el camino, ya que desde ese
mismo momento sabíamos positivamente que es muy complicado llevar
adelante un proyecto de vida y de cariño cuando median más de mil
kilómetros entre las partes y en contadas ocasiones a lo largo del mes
tendríamos la oportunidad de compartir un abrazo. Difícil se nos planteaba el asunto pero nos lanzamos a afrontarlo. Puede ser que tú estuvieras necesitada de alguien en quien confiar después de lo de tu marido y que yo viera en ti ese cariño cómplice que necesitaba. En esos contextos hay ocasiones en las que es casi mejor tener un poco lejos a la
persona en la que nos refugiamos porque así el amor que recibimos no
interfiere en la libertad que disfrutamos. Además, ninguno de los dos
contábamos con enamorarnos el uno del otro en aquellos momentos.
Tal vez el inicio de nuestra relación tuvo algo de terapéutico.
Terapia o no, lo cierto es que casi sin darnos cuenta nos embarcamos
en la difícil empresa de pretender construir un mañana compartido burlándonos del tiempo y del espacio. Y como sabíamos de antemano lo
complicado del proyecto, decidimos no hacernos jamás promesas de
provenir; es decir, intentaríamos alcanzar el futuro sin proyectos ni promesas de futuro. ¿Recuerdas? Puede parecer un contrasentido, pero a
ello nos lanzamos desde aquella despedida en el aeropuerto y para conseguirlo nos hicimos un pacto basado en el respeto y la libertad. Me
viene a la memoria que mientras nos decíamos adiós dijiste que algo
basado en el respeto y la libertad era ya de por sí suficientemente hermoso como para que perdurara por encima incluso de una eventual
ruptura.

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Fernando Alonso Abad
“Que no me falten nunca flores” eta “Brotes de roble”

Esta tarde que he tenido que dejar Kensington Road para no quedarme
bloqueado en un atasco, ha resultado que me he ido a encontrar frente a aquel hotel en el que me hospedaba cuando hace ya más de diez
años vine por primera vez a Londres a finalizar unos informes en la delegación diplomática vasca. Aquellos días coincidí por casualidad en la estación del metropolitano, creo recordar que en Bayswater si no me falla
la memoria, con un veinteañero alavés que se alojaba en uno de esos
hostales para jóvenes que abundan por esta zona próxima a Hyde Park.
Estábamos para entrar al vagón del metro cuando se fijó en la pequeña
insignia de plata con el escudo de Euskal Herria que llevaba yo en la
solapa y se dirigió a mí preguntándome en euskara si era euskaldun.Yo
llevaba un par de meses relacionándome casi exclusivamente con el personal diplomático, excesivamente monocromáticos para mi gusto, y
aquel encuentro fue como una bocanada de aire fresco para mis grises
rutinas londinenses. Así que en cuanto nos presentamos y cruzamos
algunas palabras más y me preguntó si me apetecía salir a la noche
siguiente a una fiesta en una casa ocupada –pero “legalizada”, precisó- en
el área de Candem Town no me lo pensé dos veces y le respondí que
acudiría.
Desde aquel día y hasta que dejé Londres para regresar a Gasteiz frecuenté mucho estas calles por las que he tenido que desviarme ahora
para eludir el atasco de tráfico. Jurgi, que así se llamaba, compartía habitación con una chica navarra, que, al igual que él, era estudiante de inglés.
Naia, de nombre. Al pasar por aquí y acordarme de ellos me ha venido
inmediatamente a la cabeza la conversación que hemos tenido tú y yo
por teléfono. Desde el día que los conocí juntos en la fiesta de la casa
de Candem me hicieron cada uno por su parte confidente de sus
inquietudes sobre la relación que mantenían ambos. Naia era preciosa,
y en los ambientes en los que se movían por Londres se convertía fácilmente en el centro de la atención masculina. Jurgi había ocasiones en las
que no lo llevaba nada bien y una noche, al amparo de la cuarta pinta
de Guinness, me confesó su miedo a que cualquier día perdiera a su
amiga.

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En aquellos días acababa yo de leer un libro de Lou Salomé en el que
afirmaba que los amores compartidos mueren de aburrimiento mientras
los no compartidos lo hacen de inanición y que por ello sólo los amores infieles perduran. Jurgi me miró con ojos de desconcierto sin saber
qué quería decirle con eso. Él tenía veinticinco años y me hizo partícipe
de sus miedos como esperando que el consejo de alguien más adulto le
reafirmara en lo que se decía así mismo una y otra vez: que debería plantearle a Naia que eso de los sentimientos es algo muy serio que exige
compromisos y que no se puede andar jugueteando como ella hacía;
que debería plantearle a Naia el deber de elegir, ponerla en la tesitura
de optar o no por su relación de pareja. Creo que lo desorienté más de
lo que estaba.
Algunos días después coincidió que nos encontramos casualmente ellos
dos y yo en un pub al que acudíamos en pocas ocasiones. Aproveché
para dirigir la conversación al tema de las relaciones con la intención de
averiguar si Jurgi me había entendido y cuál era la opinión de Naia al respecto.Tal y como había pensado, los dos entendieron lo del amor infiel
en el aspecto sexual. A mis recién cumplidos treinta y tres años me sentía viejo explicándoles a Jurgi y Naia que aquello del amor infiel se refería a tomarse el cariño como un continuo reto, como una guerra permanente por ganarse a la persona que se quiere. Dar por segura a tu
pareja suele llevar consigo unas ciertas dosis de abandono, de relajación
del interés, de pérdida de ilusión, les decía yo. Dicen que el enamoramiento no puede durar siempre, pero eso es porque uno se rinde ante
la tensión y aparece la costumbre, y de ahí al hastío hay sólo un pequeño paso. Por el contrario, cuando no se da nunca por segura a la persona que se quiere siempre existe una preocupación por sorprenderla con
algo nuevo y es ese impulso de permanente reto el que mantiene vivo
el amor. Sobre ese amor infiel les hablaba yo a Jurgi y Naia: el que nunca
se da por satisfecho; el de la lucha continua; el amor golfo y desafiante;
el que nunca es capaz de estarse quieto; el de la búsqueda sin descanso; el de la guerra sin cuartel. Algo parecido a la revolución permanente aquella de la que hablaban los troskistas en el instituto, pero en asuntos del corazón.

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Fernando Alonso Abad
“Que no me falten nunca flores” eta “Brotes de roble”

Esta tarde que he tenido que dejar Kensington Road para no quedarme
bloqueado en un atasco, ha resultado que me he ido a encontrar frente a aquel hotel en el que me hospedaba cuando hace ya más de diez
años vine por primera vez a Londres a finalizar unos informes en la delegación diplomática vasca. Aquellos días coincidí por casualidad en la estación del metropolitano, creo recordar que en Bayswater si no me falla
la memoria, con un veinteañero alavés que se alojaba en uno de esos
hostales para jóvenes que abundan por esta zona próxima a Hyde Park.
Estábamos para entrar al vagón del metro cuando se fijó en la pequeña
insignia de plata con el escudo de Euskal Herria que llevaba yo en la
solapa y se dirigió a mí preguntándome en euskara si era euskaldun.Yo
llevaba un par de meses relacionándome casi exclusivamente con el personal diplomático, excesivamente monocromáticos para mi gusto, y
aquel encuentro fue como una bocanada de aire fresco para mis grises
rutinas londinenses. Así que en cuanto nos presentamos y cruzamos
algunas palabras más y me preguntó si me apetecía salir a la noche
siguiente a una fiesta en una casa ocupada –pero “legalizada”, precisó- en
el área de Candem Town no me lo pensé dos veces y le respondí que
acudiría.
Desde aquel día y hasta que dejé Londres para regresar a Gasteiz frecuenté mucho estas calles por las que he tenido que desviarme ahora
para eludir el atasco de tráfico. Jurgi, que así se llamaba, compartía habitación con una chica navarra, que, al igual que él, era estudiante de inglés.
Naia, de nombre. Al pasar por aquí y acordarme de ellos me ha venido
inmediatamente a la cabeza la conversación que hemos tenido tú y yo
por teléfono. Desde el día que los conocí juntos en la fiesta de la casa
de Candem me hicieron cada uno por su parte confidente de sus
inquietudes sobre la relación que mantenían ambos. Naia era preciosa,
y en los ambientes en los que se movían por Londres se convertía fácilmente en el centro de la atención masculina. Jurgi había ocasiones en las
que no lo llevaba nada bien y una noche, al amparo de la cuarta pinta
de Guinness, me confesó su miedo a que cualquier día perdiera a su
amiga.

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En aquellos días acababa yo de leer un libro de Lou Salomé en el que
afirmaba que los amores compartidos mueren de aburrimiento mientras
los no compartidos lo hacen de inanición y que por ello sólo los amores infieles perduran. Jurgi me miró con ojos de desconcierto sin saber
qué quería decirle con eso. Él tenía veinticinco años y me hizo partícipe
de sus miedos como esperando que el consejo de alguien más adulto le
reafirmara en lo que se decía así mismo una y otra vez: que debería plantearle a Naia que eso de los sentimientos es algo muy serio que exige
compromisos y que no se puede andar jugueteando como ella hacía;
que debería plantearle a Naia el deber de elegir, ponerla en la tesitura
de optar o no por su relación de pareja. Creo que lo desorienté más de
lo que estaba.
Algunos días después coincidió que nos encontramos casualmente ellos
dos y yo en un pub al que acudíamos en pocas ocasiones. Aproveché
para dirigir la conversación al tema de las relaciones con la intención de
averiguar si Jurgi me había entendido y cuál era la opinión de Naia al respecto.Tal y como había pensado, los dos entendieron lo del amor infiel
en el aspecto sexual. A mis recién cumplidos treinta y tres años me sentía viejo explicándoles a Jurgi y Naia que aquello del amor infiel se refería a tomarse el cariño como un continuo reto, como una guerra permanente por ganarse a la persona que se quiere. Dar por segura a tu
pareja suele llevar consigo unas ciertas dosis de abandono, de relajación
del interés, de pérdida de ilusión, les decía yo. Dicen que el enamoramiento no puede durar siempre, pero eso es porque uno se rinde ante
la tensión y aparece la costumbre, y de ahí al hastío hay sólo un pequeño paso. Por el contrario, cuando no se da nunca por segura a la persona que se quiere siempre existe una preocupación por sorprenderla con
algo nuevo y es ese impulso de permanente reto el que mantiene vivo
el amor. Sobre ese amor infiel les hablaba yo a Jurgi y Naia: el que nunca
se da por satisfecho; el de la lucha continua; el amor golfo y desafiante;
el que nunca es capaz de estarse quieto; el de la búsqueda sin descanso; el de la guerra sin cuartel. Algo parecido a la revolución permanente aquella de la que hablaban los troskistas en el instituto, pero en asuntos del corazón.

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Fernando Alonso Abad
“Que no me falten nunca flores” eta “Brotes de roble”

Al calor de la cerveza que bebía yo en aquellos entonces, la Special Brew
de Carlsberg, le aseguré a Jurgi que cada vez que su chica “tonteaba”,
como él lo llamaba, pero que volvía donde él era la mejor de las pruebas de que le quería. Entre otras cosas porque si no no volvería a su lado
y se quedaría con quien estuviera. Me miraban un tanto sorprendidos;
recuerdo especialmente el gesto atónito de Jurgi que trataba de ubicarse en esa nueva perspectiva que le mostraba.
Han pasado ya muchos años desde aquello y nunca más he sabido de
esa pareja. Seguían juntos y felices cuando algunos meses después regresé a Iruñea y desde entonces es ahora la primera vez que paso por estas
calles que me han hecho mezclar nuestra última conversación telefónica con aquellos días de mi primer trabajo diplomático en la Euskal
Herriko Enbaxada de Londres.
A fin de cuentas, lo que en aquella ocasión les conté a esa pareja de
jóvenes es lo mismo que hace unos momentos te he dicho a ti. Ya sé
que es muy difícil mantener esta historia nuestra dentro de los parámetros de una relación normalizada porque con gran dificultad se puede
construir un universo compartido cuando son miles de kilómetros los
que separan nuestras vidas. Soy consciente de que te resulta muy duro
no tener mi abrazo cada vez que lo necesitas y, por el contrario, tener
otros brazos a tu alcance que se te brindan para darte lo que yo no
puedo. Pero por encima de todo ello está mi respeto a tu libertad, que
entraña un reto y unos riesgos que estoy dispuesto a asumir por ti.
Como bien dices tú, en nuestras mentes no estaba enamorarnos y tal
vez por ello nos embarcamos en una relación que poco a poco fue
tomando vida propia. Quizás la pretensión inicial de ambos era que
naciera muerta, que fuera una especie de fase transitoria entre nuestros
respectivos cambios de situación cuyo único objetivo fuera precisamente ayudarnos a superar los momentos difíciles por los que circulaban
nuestras vidas.Yo te aportaba un cierto consuelo desinteresado que tú
precisabas, mientras a mí me transmitías un cariño cómplice que necesitaba. Puede ser que fuera así y que nos arrojáramos el uno a los brazos del otro pensando de antemano que la propia adversidad de las cir-

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cunstancias que rodearían nuestra relación sería suficiente para ir haciéndola caducar poco a poco.
Y resultó que no fue así y que lejos de ser una relación condenada a
muerte se presentaba ante nosotros como dispuesta a luchar por la
vida. Pero tropezó con ella: con la vida. No sé por qué sucede que cuando se encuentra a la persona que se busca acaba siempre ocurriendo
algo que frustra la experiencia. Ahora parece que el corazón se nos ha
escapado de las manos y que está en combate contra lo que le dicta la
razón. Como te he dicho hace un rato por teléfono, me acaban de decir
que por necesidades del servicio no saben cuándo podré regresar definitivamente a Euskal Herria. Cuando me lo han comunicado has sido tú
lo primero que me ha venido a la cabeza, pues, quieras o no, ya me estaba haciendo a la idea de que el día del regreso estaba cercano. No inmediato pero sí cercano, y ello me tenía muy ilusionado. Al darme la noticia se me ha caído un poco el mundo encima porque ha sido como si
tuviera tu boca a punto de ser besada y de pronto me la quitaran de
delante a gran velocidad. Se me escapa tu beso cuando ya casi lo saboreaba.
Si volviera a casa estoy seguro que no ibas a tener duda alguna sobre el
calor de mi abrazo y que yo sería capaz de ofrecerte todo lo que necesitas y buscas; pero ahora que ese retorno vuelve a no tener fecha fija
no me parece justo pedirte que me sigas esperando. Así que no lo haré,
aunque ya te he dicho también que no me daré por vencido y que trataré, como hasta ahora, de ganarme tu amor a cada instante por encima
de los tiempos y de las distancias. Pero no te pediré nada. ¡Qué contradictorio me suena todo esto!
No sé qué es lo que me pasa últimamente cuando hablamos por teléfono pero no me expreso como quisiera y después, al colgar, me vienen
a la cabeza de golpe todas esas cosas que tenía que haberte dicho y que
no he sido capaz de transmitírtelas en su momento. Me gustaría que
estuvieras aquí ahora, en este asiento de al lado, para que pudieras escuchar todo esto que te vengo diciendo y que no he podido trasladarte

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Fernando Alonso Abad
“Que no me falten nunca flores” eta “Brotes de roble”

Al calor de la cerveza que bebía yo en aquellos entonces, la Special Brew
de Carlsberg, le aseguré a Jurgi que cada vez que su chica “tonteaba”,
como él lo llamaba, pero que volvía donde él era la mejor de las pruebas de que le quería. Entre otras cosas porque si no no volvería a su lado
y se quedaría con quien estuviera. Me miraban un tanto sorprendidos;
recuerdo especialmente el gesto atónito de Jurgi que trataba de ubicarse en esa nueva perspectiva que le mostraba.
Han pasado ya muchos años desde aquello y nunca más he sabido de
esa pareja. Seguían juntos y felices cuando algunos meses después regresé a Iruñea y desde entonces es ahora la primera vez que paso por estas
calles que me han hecho mezclar nuestra última conversación telefónica con aquellos días de mi primer trabajo diplomático en la Euskal
Herriko Enbaxada de Londres.
A fin de cuentas, lo que en aquella ocasión les conté a esa pareja de
jóvenes es lo mismo que hace unos momentos te he dicho a ti. Ya sé
que es muy difícil mantener esta historia nuestra dentro de los parámetros de una relación normalizada porque con gran dificultad se puede
construir un universo compartido cuando son miles de kilómetros los
que separan nuestras vidas. Soy consciente de que te resulta muy duro
no tener mi abrazo cada vez que lo necesitas y, por el contrario, tener
otros brazos a tu alcance que se te brindan para darte lo que yo no
puedo. Pero por encima de todo ello está mi respeto a tu libertad, que
entraña un reto y unos riesgos que estoy dispuesto a asumir por ti.
Como bien dices tú, en nuestras mentes no estaba enamorarnos y tal
vez por ello nos embarcamos en una relación que poco a poco fue
tomando vida propia. Quizás la pretensión inicial de ambos era que
naciera muerta, que fuera una especie de fase transitoria entre nuestros
respectivos cambios de situación cuyo único objetivo fuera precisamente ayudarnos a superar los momentos difíciles por los que circulaban
nuestras vidas.Yo te aportaba un cierto consuelo desinteresado que tú
precisabas, mientras a mí me transmitías un cariño cómplice que necesitaba. Puede ser que fuera así y que nos arrojáramos el uno a los brazos del otro pensando de antemano que la propia adversidad de las cir-

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cunstancias que rodearían nuestra relación sería suficiente para ir haciéndola caducar poco a poco.
Y resultó que no fue así y que lejos de ser una relación condenada a
muerte se presentaba ante nosotros como dispuesta a luchar por la
vida. Pero tropezó con ella: con la vida. No sé por qué sucede que cuando se encuentra a la persona que se busca acaba siempre ocurriendo
algo que frustra la experiencia. Ahora parece que el corazón se nos ha
escapado de las manos y que está en combate contra lo que le dicta la
razón. Como te he dicho hace un rato por teléfono, me acaban de decir
que por necesidades del servicio no saben cuándo podré regresar definitivamente a Euskal Herria. Cuando me lo han comunicado has sido tú
lo primero que me ha venido a la cabeza, pues, quieras o no, ya me estaba haciendo a la idea de que el día del regreso estaba cercano. No inmediato pero sí cercano, y ello me tenía muy ilusionado. Al darme la noticia se me ha caído un poco el mundo encima porque ha sido como si
tuviera tu boca a punto de ser besada y de pronto me la quitaran de
delante a gran velocidad. Se me escapa tu beso cuando ya casi lo saboreaba.
Si volviera a casa estoy seguro que no ibas a tener duda alguna sobre el
calor de mi abrazo y que yo sería capaz de ofrecerte todo lo que necesitas y buscas; pero ahora que ese retorno vuelve a no tener fecha fija
no me parece justo pedirte que me sigas esperando. Así que no lo haré,
aunque ya te he dicho también que no me daré por vencido y que trataré, como hasta ahora, de ganarme tu amor a cada instante por encima
de los tiempos y de las distancias. Pero no te pediré nada. ¡Qué contradictorio me suena todo esto!
No sé qué es lo que me pasa últimamente cuando hablamos por teléfono pero no me expreso como quisiera y después, al colgar, me vienen
a la cabeza de golpe todas esas cosas que tenía que haberte dicho y que
no he sido capaz de transmitírtelas en su momento. Me gustaría que
estuvieras aquí ahora, en este asiento de al lado, para que pudieras escuchar todo esto que te vengo diciendo y que no he podido trasladarte

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Fernando Alonso Abad
“Que no me falten nunca flores” eta “Brotes de roble”

anteriormente. Cada vez se me hace más frío el teléfono y son más los
aspectos de la comunicación que me frustran. Ahora que tengo la sensación de que se me están ordenando las ideas en la cabeza veré si
encuentro un lugar por aquí para aparcar e iré a sentarme en un banco
a ver si soy capaz de expresarte todo esto sobre un papel.

Ane maitea;
Acabo de colgar el teléfono después de que hemos estado hablando
largo tiempo sobre el delicado momento que atraviesa nuestra relación
y me coloco ante estos folios sumido en una contienda de sentimientos
en principio contradictorios, pero que en estas circunstancias para mí no
lo son tanto porque se me presentan como las dos caras de una misma
moneda.Te escribo feliz, porque pienso que es para estarlo el saber que
tengo una persona con quien creo haber logrado algo que consideraba
imposible durante todos mis años de vivir saltando de mujer en mujer:
tener una compañera con la que poder aparecer como verdaderamente soy, sin zonas oscuras ni mentiras, que es a lo que antes estaba acostumbrado.
Feliz, por estar haciendo algo bonito en un contexto que no es precisamente el más adecuado para desarrollar algo hermoso, pues ya lamenta el tango que la distancia es el olvido aunque en ningún momento
hayamos querido resignarnos a esa sentencia luchando con uñas y dientes para edificar un futuro posible, aunque por el momento incierto y
que se nos escapa de las manos.
Pero por otro lado ya conoces mis miedos, y no voy a extenderme en
ellos porque no creo que merezca la pena darle más vueltas al asunto
de lo que ya hemos hecho por teléfono.
Así que me muevo entre la felicidad de tenerte y el miedo de sentir que
te vas sin poder hacer nada por evitarlo. Pero te juro que por encima
de esto queda el sentimiento de felicidad por todo lo que he aprendido a tu lado: has conseguido sacarme a la luz sentimientos que desco-

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nocía y me has enseñado a enfocarlos, cuestiones ambas que creo que
me están ayudando a ser un poquito más persona dejando atrás la
insensibilidad de la que durante años hice gala. Igual te parecen frases
muy tremendas, pero son como las siento en estos tiempos de tormenta y zozobra.
Me dices que transcurridos estos años de cariños a distancia tienes
muchas dudas sobre la viabilidad de nuestra relación; y se lo estás diciendo a quien fuera el rey de la duda en cuestión de sentimientos. Como
te he dicho en muchas ocasiones, hasta encontrarme contigo jamás supe
lo que sentía por nadie; siempre me aterró la posibilidad de que alguien
me importara verdaderamente por lo que ello supone de confinar la
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