Ataramiñe'05 Euskal Errepresaliatu Politikoen Literatura Koadernoak - 21

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a fin de cuentas eso era lo único que yo pretendía: saber si ella seria
capaz de irse al fin del mundo conmigo, si todas sus palabras sobre que
haría cualquier cosa por mí eran ciertas o no eran mas que promesas
vacías para contentar las ilusas fantasías de un pobre preso.Ya sé que tal
vez no sea muy justo por mi parte plantear las cosas así, pues a fin de
cuentas yo no perdía nada en el intento, a pesar de estar condenado al
fracaso, y ella si que iba a perder mucho, probablemente incluso su libertad. Pero eso también lo tenía previsto. Dado que, no nos engañemos,
estaba seguro que yo no iba a llegar ni tan siquiera a la puerta del hospital, el asunto se arreglaba se le pedía a ella que no pasara al interior
del recinto, sino que se quedara en el aparcamiento esperando a que yo
llegara para, una vez allí, los dos juntos, coger un coche y largarnos a
nuestro mar de los vascos. De esta forma, ella me dejaba bien a las claras que efectivamente estaba loca por mí y yo también se lo dejaba a
ella puesto que si me intentaba dar a la fuga era única y exclusivamente
para escaparme cogido de su mano. No por otra cosa. No quería ser
libre en su sentido genérico, en esa quimera de libertad indefinida de la
que suelen hablar los presos cuando miran al cielo y no ven más que mil
metros cuadrados de firmamento. Quería ser libre en ella, eso era todo
lo que deseaba: ella.

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A la mañana siguiente de aquello me apunté al médico para comunicarle mi intención de comenzar los trámites para llevar a cabo la operación
quirúrgica de nariz. El doctor miró en el expediente y, tras comprobar
que efectivamente en él había una referencia expresa desde hacía varios
años a la necesidad de una intervención dio su visto bueno. Algunos días
después me comunicaron cuándo sería trasladado al hospital para las
pruebas de preoperatorio.
Cuando se lo dije se mostró entusiasmada, como una cría a la que le
hubieran dicho que la llevaban a la más deseada de las excursiones.
Definitivamente, estaba loca por mí. Y me encantaba. Yo siempre había
mantenido que si alguna vez me enamoraba de alguien esa mujer debería estar rematadamente loca por mí. Loca de atar. De no ser así no me
valía; de no ser así pensaba que no merecía la pena enamorarse de nadie
puesto que enamorarse debe de ser necesariamente perder la cabeza.
Y si no, no lo es.Y si no lo es, no lo quiero. Quiero que brote mi estrella bailarina. Puede parecer infantil, pero a fin de cuentas los niños son
los únicos seres que sienten con plenitud porque actúan por instintos y
no por razones. Yo no quería razones en este tema: sentimiento puro,
instinto puro. Nada de razón. Ella funciona así y por eso la quiero.
El martes a las 8:30 de la mañana un funcionario apareció en mi celda
para decirme que ya había llegado la Guardia Civil para el traslado al
hospital. No puedo decir que estuviera nervioso porque no lo estaba.
Me había levantado a eso de las 7 de la mañana cuando un ordenanza
abrió la ventanilla de la puerta metálica de la celda para pasarme por ella
el desayuno.Tomé el chocolate que me trajo y unté en él algunas galletas. Nervioso no estaba, pero no tenía hambre. Como esta prisión es
muy moderna dispone de duchas en las celdas. Con agua caliente, para
más lujos. Así que tras el frugal desayuno me pasé algo así como veinte
minutos, si no fueron más, bajo el agua. Estaba formidable de temperatura. Después de secarme y vestirme con mis mejores galas recogí las
cuatro cosas que tenía por la celda y me puse a esperar leyendo algo.
Lo de vestirme con mis mejores ropas era evidente. A la puerta seguro
que no llegaría, pero en la tele fijo que iba a aparecer. Y como uno a

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Fernando Alonso Abad
Para que se sepa

pesar de llevar ya tiempo en este dique seco es bastante presumido, no
era cosa de salir por la pequeña pantalla y en los periódicos de cualquier
manera. Por eso no sólo me vestí con lo mejor que tenía sino que incluso me puse el alter shave reservado exclusivamente para los vis a vis y
me regué de colonia para que al paso quedara el rastro de mi fragancia.
Incluso me calcé los calzoncillos especiales, los que tengo sólo para las
ocasiones estrella, ésas en las que vas decidido a que te saquen en hombros o te hagan la ola. La ocasión lo requería ya que, aunque de otra
manera, vaya si me iban a sacar en hombros y a hacerme la ola…
Cuando llegué a la puerta exterior de Ingresos, después de imprimir mis
huellas y de pasar por el detector de metales, tenía esperándome tres
pikoletos machos y una fémina del Cuerpo. No había en los varones ningún rasgo especial de caracterización: tamaño medio, peso medio y cara
de poco listos. Lo habitual entre su especie. La mujer, con perdón, era lo
voluminoso del destacamento junto con la furgoneta. Siempre me han
cautivado las rubias, pero debo confesar que aquella no me sedujo lo
más mínimo. Me pidieron que sacara lo que llevaba en los bolsillos, aunque casi antes de que lo hicieran yo ya estaba poniendo el pañuelo y
algunas monedas sobre la mesilla del pasillo. Suelen decir que la experiencia es un grado, y lógicamente no era la primera vez que me iba de
excursión con los beneméritos tricornudos. Eché las manos atrás, como
es lo habitual para que a un vasco le pongan las esposas a la espalda. Es
lo que les debe venir en las circulares para el traslado de tipos insurgentes.
Inmediatamente llegó el primer imprevisto de la jornada. Antes de colocarme los grilletes en las muñecas me dijo que sacara los cordones de
las botas y que los dejara también sobre la mesilla. Pensé que ya empezábamos mal; aunque, a fin de cuentas, para lo que quería hacer era lo
mismo que corriera cinco o diez metros, pues a la puerta no iba a llegar. Pero claro, puestos a hacerla siempre hubiera sido mejor ir algo más
suelto para, al menos, hacerles correr un poco más por los pasillos del
hospital. Tal y como me dijeron, me quite los cordones, los deposité
sobre la mesa y seguidamente volví a echar las manos hacia atrás para

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que me colocaran las esposas. Me alegro que no las cerraran a la brava,
pues no tengo muy bien la circulación y cuando los guardias no bloquean con cuidado los grilletes me estrangulan las muñecas y se me
quedan dormidos los brazos. No hay nada más incómodo que ir en la
furgoneta de la Guardia Civil esposado y encima con los brazos dormidos. Un incordio más.
Subí a la furgoneta con las precauciones debidas para que ninguno de
mis custodios aprovechara la situación para homenajearme con un golpe
contra la carrocería y después decir que es que me había caído. No
hubo problema alguno y pase al interior sin novedad. Pero cuando fui a
sentarme entró tras de mí uno de los guardias, me indicó que me girara un poco y colocó otros grilletes con una cadena entre mis esposas
de la espalda y una de las barras transversales que hay en la bancada
metálica. La verdad es que me parecieron excesivas medidas de seguridad, pues ahora además de estar engrilletado por detrás también lo
estaba a la carrocería de la furgoneta. En esas situaciones es mejor no
pensar en lo que podría ocurrir en caso de tener un accidente; aunque
seguramente ellos lo hacen en previsión de alguna contingencia similar
y por si se diera la circunstancia de que ellos quedaran inutilizados y yo
no, y pudiera darme el piro aprovechando la coyuntura. Al menos a mí
no me dijeron, como a otro compañero, que lo de la cadena era porque no había cinturones de seguridad en la parte trasera. Así pues, es
por nuestra seguridad. Hay que reconocer que pueden ser un poco tontos pero en ocasiones resultan ocurrentes.
Como no podía ver la hora por la postura que llevaba no sé si el viaje
duró media hora o poco más. No creo que fuera mucho màs que eso.
Durante todo el trayecto llevábamos escolta uniformada por delante y
paisana por detrás, un Seat Ibiza blanco con matrícula nativa. La ruda
pikoleta iba en el vehículo que abría el convoy.
Cuando la furgoneta paró junto al pabellón del hospital, eché una mirada al exterior por la minúscula ventanilla enrejada para ver si localizaba
a mi chica. Estaba seguro que andaba por los alrededores. Me incorpo-

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Fernando Alonso Abad
Para que se sepa

pesar de llevar ya tiempo en este dique seco es bastante presumido, no
era cosa de salir por la pequeña pantalla y en los periódicos de cualquier
manera. Por eso no sólo me vestí con lo mejor que tenía sino que incluso me puse el alter shave reservado exclusivamente para los vis a vis y
me regué de colonia para que al paso quedara el rastro de mi fragancia.
Incluso me calcé los calzoncillos especiales, los que tengo sólo para las
ocasiones estrella, ésas en las que vas decidido a que te saquen en hombros o te hagan la ola. La ocasión lo requería ya que, aunque de otra
manera, vaya si me iban a sacar en hombros y a hacerme la ola…
Cuando llegué a la puerta exterior de Ingresos, después de imprimir mis
huellas y de pasar por el detector de metales, tenía esperándome tres
pikoletos machos y una fémina del Cuerpo. No había en los varones ningún rasgo especial de caracterización: tamaño medio, peso medio y cara
de poco listos. Lo habitual entre su especie. La mujer, con perdón, era lo
voluminoso del destacamento junto con la furgoneta. Siempre me han
cautivado las rubias, pero debo confesar que aquella no me sedujo lo
más mínimo. Me pidieron que sacara lo que llevaba en los bolsillos, aunque casi antes de que lo hicieran yo ya estaba poniendo el pañuelo y
algunas monedas sobre la mesilla del pasillo. Suelen decir que la experiencia es un grado, y lógicamente no era la primera vez que me iba de
excursión con los beneméritos tricornudos. Eché las manos atrás, como
es lo habitual para que a un vasco le pongan las esposas a la espalda. Es
lo que les debe venir en las circulares para el traslado de tipos insurgentes.
Inmediatamente llegó el primer imprevisto de la jornada. Antes de colocarme los grilletes en las muñecas me dijo que sacara los cordones de
las botas y que los dejara también sobre la mesilla. Pensé que ya empezábamos mal; aunque, a fin de cuentas, para lo que quería hacer era lo
mismo que corriera cinco o diez metros, pues a la puerta no iba a llegar. Pero claro, puestos a hacerla siempre hubiera sido mejor ir algo más
suelto para, al menos, hacerles correr un poco más por los pasillos del
hospital. Tal y como me dijeron, me quite los cordones, los deposité
sobre la mesa y seguidamente volví a echar las manos hacia atrás para

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que me colocaran las esposas. Me alegro que no las cerraran a la brava,
pues no tengo muy bien la circulación y cuando los guardias no bloquean con cuidado los grilletes me estrangulan las muñecas y se me
quedan dormidos los brazos. No hay nada más incómodo que ir en la
furgoneta de la Guardia Civil esposado y encima con los brazos dormidos. Un incordio más.
Subí a la furgoneta con las precauciones debidas para que ninguno de
mis custodios aprovechara la situación para homenajearme con un golpe
contra la carrocería y después decir que es que me había caído. No
hubo problema alguno y pase al interior sin novedad. Pero cuando fui a
sentarme entró tras de mí uno de los guardias, me indicó que me girara un poco y colocó otros grilletes con una cadena entre mis esposas
de la espalda y una de las barras transversales que hay en la bancada
metálica. La verdad es que me parecieron excesivas medidas de seguridad, pues ahora además de estar engrilletado por detrás también lo
estaba a la carrocería de la furgoneta. En esas situaciones es mejor no
pensar en lo que podría ocurrir en caso de tener un accidente; aunque
seguramente ellos lo hacen en previsión de alguna contingencia similar
y por si se diera la circunstancia de que ellos quedaran inutilizados y yo
no, y pudiera darme el piro aprovechando la coyuntura. Al menos a mí
no me dijeron, como a otro compañero, que lo de la cadena era porque no había cinturones de seguridad en la parte trasera. Así pues, es
por nuestra seguridad. Hay que reconocer que pueden ser un poco tontos pero en ocasiones resultan ocurrentes.
Como no podía ver la hora por la postura que llevaba no sé si el viaje
duró media hora o poco más. No creo que fuera mucho màs que eso.
Durante todo el trayecto llevábamos escolta uniformada por delante y
paisana por detrás, un Seat Ibiza blanco con matrícula nativa. La ruda
pikoleta iba en el vehículo que abría el convoy.
Cuando la furgoneta paró junto al pabellón del hospital, eché una mirada al exterior por la minúscula ventanilla enrejada para ver si localizaba
a mi chica. Estaba seguro que andaba por los alrededores. Me incorpo-

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Fernando Alonso Abad
Para que se sepa

ré lo más que pude para intentar mirar por la ventanilla del otro lado
pero al ir engrilletado a la bancada, como los condenados a galera aunque sin darle al remo, no logré hacerlo en condiciones. De pronto, justo
cuando sentí que un guardia civil deslizaba la puerta corrediza lateral,
observé que una preciosa muchacha me hacía una discreta señal a lo
lejos. ¡Oxtias, cómo quiero a esa mujer! El tricornudo accedió a mi habitáculo, me indicó que me retirara lo que pudiera para soltarme el amarre y nada mas que lo hizo se puso él mismo el grillete en su muñeca.
Otros se cuelgan llaveros de fantasía, yo llevaba un guardia civil haciendo el mismo efecto.
La salida tuvo sus problemas, pues la portezuela que da acceso a la parte
posterior de la furgoneta, la reservada para los presos, la enjaulada, es
muy estrecha, justo la anchura de los hombros. Así que mi benemérito
llavero tenía que ir retrocediendo de espaldas simultáneamente a mí
porque íbamos unidos por una cadena de poco más de veinticinco centímetros. Reculaba él y reculaba yo mientras pasábamos por la estrecha
portezuela.Y de esta manera, pareciendo que hacíamos el tren, descendimos al asfalto en marcha atrás. Cualquiera que nos hubiera visto así y
que tuviera un poco de sentido lúdico de la vida habría observado la
escena como una metáfora en la que el guardia me estuviera dando, literalmente, por el culo. Con perdón
Conmigo ya en la calle y en un lateral de la furgoneta montaron el despliegue. Delante de mí, un sargento tricornudo extraordinariamente
dotado con una porra de madera de más de medio metro en la mano
abría la comitiva. Hubiera estado bien que quien me llevara del brazalete izquierdo fuera la representación femenina de la Benemerita, aunque
sólo fuera por darle un toque divertido a la escena y que pareciera mi
novia. Pero no, el Cuerpo no debe caracterizarse por su imaginación y
me pusieron de celoso consorte un cabo que iba temblando como una
vaca vieja junto a una hamburguesería. Estuve tentado de rogarle que se
tranquilizara, que a ver si después de mi visita al otorrino íbamos a tener
que acompañarle a él al cardiólogo. Al final no se lo dije para mantener
un poco las distancias y no contemporizar con el enemigo; pero vaya si

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estuve en un tris de hacerlo. A mi espalda, a la derecha, no tenía más
remedio que ir mi particular llavero, encadenado a mi como a su triste
futuro. Si lo de los cordones iba a ser un incordio para salir por patas,
no quería ni imaginarme lo que me iba a suponer arrastrar con el pikolo como si se tratara de la clásica bola metálica que ponen a los presos
en los comics. Pero si había que hacerlo, se haría. ¿Somos o no vascos?
Tras el llavero se colocó la tricornuda y un poco detrás el último del glorioso quinteto verde. Por lo que podía ver de lo que sucedía delante,
entre el lugar en el que estábamos colocados mis nuevos amigos y yo y
la entrada del hospital había un número no determinado de policías
españoles haciendo pasillo.
Así, con todo el contingente en formación de avance pero en espera de
órdenes pasamos cerca de un minuto, calculo yo, hasta que un joven
espigado vestido con un chubasquero azul marino y un talki en la mano
derecha salió con una cara mezcla de alucine y acojono y grito algo así
como: ”¡Entrada depejada!. Como si fuera su eco, uno de los maderos
repitiò la consigna ; y como eco del loro el sargento de la porra dio a
sus hombres y a su mujer la orden de adelante. Y allá fuimos escaleras
arriba, flanqueados por los agentes de azul y dirigidos a modo de guía
nativo por el del anorak, a la sazòn el jefe de Seguridad del recinto hospitalario, que era quien iba abriendo camino. Este, cuando íbamos a
embocar algún pasillo, esperaba a retirar a los pacientes que pacientemente esperaban a las consultas externas y posteriormente emitía un
gritito nervioso: “¡Pasillo despejado!”. Los loros de rigor repetían la consigna y allà que entrábamos nosotros como una exalación. El sargento
blandiendo porra, el nervioso cabo llevándome del brazo, yo arrastrando al llavero, la benemérita rubia desplazando jadeante su masa y el
quinto mariachi procurando no perderse.Vamos, patètico espectáculo el
que íbamos dando por los corredores del hospital ante la atónita mirada del personal, que estoy seguro que se pensaba que era el rodaje de
una de esas serie de policías de las que hay una por cadena televisiva.
Al llegar al lugar de destino, los Ángeles custodios se quedaron en los
pasillos mientras mi séquito de la Virgen del Pilar se desplegaba por el
interior de la consulta, como si este pobre vasco engrilletado a la espal-

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Fernando Alonso Abad
Para que se sepa

ré lo más que pude para intentar mirar por la ventanilla del otro lado
pero al ir engrilletado a la bancada, como los condenados a galera aunque sin darle al remo, no logré hacerlo en condiciones. De pronto, justo
cuando sentí que un guardia civil deslizaba la puerta corrediza lateral,
observé que una preciosa muchacha me hacía una discreta señal a lo
lejos. ¡Oxtias, cómo quiero a esa mujer! El tricornudo accedió a mi habitáculo, me indicó que me retirara lo que pudiera para soltarme el amarre y nada mas que lo hizo se puso él mismo el grillete en su muñeca.
Otros se cuelgan llaveros de fantasía, yo llevaba un guardia civil haciendo el mismo efecto.
La salida tuvo sus problemas, pues la portezuela que da acceso a la parte
posterior de la furgoneta, la reservada para los presos, la enjaulada, es
muy estrecha, justo la anchura de los hombros. Así que mi benemérito
llavero tenía que ir retrocediendo de espaldas simultáneamente a mí
porque íbamos unidos por una cadena de poco más de veinticinco centímetros. Reculaba él y reculaba yo mientras pasábamos por la estrecha
portezuela.Y de esta manera, pareciendo que hacíamos el tren, descendimos al asfalto en marcha atrás. Cualquiera que nos hubiera visto así y
que tuviera un poco de sentido lúdico de la vida habría observado la
escena como una metáfora en la que el guardia me estuviera dando, literalmente, por el culo. Con perdón
Conmigo ya en la calle y en un lateral de la furgoneta montaron el despliegue. Delante de mí, un sargento tricornudo extraordinariamente
dotado con una porra de madera de más de medio metro en la mano
abría la comitiva. Hubiera estado bien que quien me llevara del brazalete izquierdo fuera la representación femenina de la Benemerita, aunque
sólo fuera por darle un toque divertido a la escena y que pareciera mi
novia. Pero no, el Cuerpo no debe caracterizarse por su imaginación y
me pusieron de celoso consorte un cabo que iba temblando como una
vaca vieja junto a una hamburguesería. Estuve tentado de rogarle que se
tranquilizara, que a ver si después de mi visita al otorrino íbamos a tener
que acompañarle a él al cardiólogo. Al final no se lo dije para mantener
un poco las distancias y no contemporizar con el enemigo; pero vaya si

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estuve en un tris de hacerlo. A mi espalda, a la derecha, no tenía más
remedio que ir mi particular llavero, encadenado a mi como a su triste
futuro. Si lo de los cordones iba a ser un incordio para salir por patas,
no quería ni imaginarme lo que me iba a suponer arrastrar con el pikolo como si se tratara de la clásica bola metálica que ponen a los presos
en los comics. Pero si había que hacerlo, se haría. ¿Somos o no vascos?
Tras el llavero se colocó la tricornuda y un poco detrás el último del glorioso quinteto verde. Por lo que podía ver de lo que sucedía delante,
entre el lugar en el que estábamos colocados mis nuevos amigos y yo y
la entrada del hospital había un número no determinado de policías
españoles haciendo pasillo.
Así, con todo el contingente en formación de avance pero en espera de
órdenes pasamos cerca de un minuto, calculo yo, hasta que un joven
espigado vestido con un chubasquero azul marino y un talki en la mano
derecha salió con una cara mezcla de alucine y acojono y grito algo así
como: ”¡Entrada depejada!. Como si fuera su eco, uno de los maderos
repitiò la consigna ; y como eco del loro el sargento de la porra dio a
sus hombres y a su mujer la orden de adelante. Y allá fuimos escaleras
arriba, flanqueados por los agentes de azul y dirigidos a modo de guía
nativo por el del anorak, a la sazòn el jefe de Seguridad del recinto hospitalario, que era quien iba abriendo camino. Este, cuando íbamos a
embocar algún pasillo, esperaba a retirar a los pacientes que pacientemente esperaban a las consultas externas y posteriormente emitía un
gritito nervioso: “¡Pasillo despejado!”. Los loros de rigor repetían la consigna y allà que entrábamos nosotros como una exalación. El sargento
blandiendo porra, el nervioso cabo llevándome del brazo, yo arrastrando al llavero, la benemérita rubia desplazando jadeante su masa y el
quinto mariachi procurando no perderse.Vamos, patètico espectáculo el
que íbamos dando por los corredores del hospital ante la atónita mirada del personal, que estoy seguro que se pensaba que era el rodaje de
una de esas serie de policías de las que hay una por cadena televisiva.
Al llegar al lugar de destino, los Ángeles custodios se quedaron en los
pasillos mientras mi séquito de la Virgen del Pilar se desplegaba por el
interior de la consulta, como si este pobre vasco engrilletado a la espal-

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Fernando Alonso Abad
Para que se sepa

da y encadenado a un lastre pudiera hacerle algo a alguien. En esas condiciones me hicieron las oportunas pruebas para el preoperatorio,
moviéndome de un lado a otro de la consulta teniendo que tirar de mi
benemérito llavero, que no sé si es que estaba ya vago o atontado.
Seguramente se trataba de una síntesis de ambos.
Cuando los médicos terminaron con su trabajo se despidieron de mí
con amabilidad y toda la cofradía se dispuso a organizarse para hacer el
recorrido inverso. Ahora si que tenía que ponerme las pilas porque era
el momento en el que tenía previsto hacer la mía y montar una de ésas
que se vean para salir en la tele. Con todo aquel despliegue policial, sin
cordones y atado a un pikolo era más que evidente que no podría dar
más de un jodido paso. Pero, ¿quién dijo miedo habiendo hospitales? Y
máxime si se está en uno.
Enfocamos los corredores en la forma habitual, entre movimientos nerviosos y voces de “pasillo despejado”, “pasillo despejado”. Cuando nos
enfilábamos hacia el hall de entrada y ya se podía ver a lo lejos la puerta acristalada que daba a la calle me preparé para dar el estrincón y ver
hasta donde llegaba.
Entonces fue cuando la ví a ella en uno de los sillones de las estancias
abiertas de espera contiguas a las salas de consulta. No me dio tiempo
a nada, pues se levantó como una tigresa y sin mediar palabra le endoso una patada en los mismísimos cojones del sargento que abrìa la comitiva. Un crío grito gol. La descomunal porra de madera salió por los aires
yendo a impactar en las fluorescentes del techo que se hicieron añicos
dejando una nube de polvo blanco. Antes de que el sargento cayera al
suelo retorciéndose de dolor- tremendísima patada que le había dado
mi chica-, le arreglé la nariz de un cabezazo al cabo que me llevaba del
brazalete. Al cardiólogo no, pero al otorrino vaya si tendría que ir. Sentí
que mi llavero intentaba echárseme encima pero me adelanté coceándole los huevos, que era lo que más a pie tenía; talón en este caso. Le dí
con todas mis ganas y acerté en el blanco, aunque desgraciadamente
perdí una bota que se le quedó trabada en la entrepierna cuando las

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cerró como un cepo. Escuché que la picoleta gritaba como una loca que
todo el mundo se tirara al suelo y la vi que intentaba sacar de su funda
la pistola pero que se le había trabado el pasador y no conseguía
extraerla por más tirones que metía. El otro de verde yo no sé si fue por
solidaridad con los dolores genitales de sus compinches o por qué pero
he de decir que yo no lo vi. Se esfumo entre la niebla del polvillo blanco de las fluorescentes.
Mientras, los cuatro maderos que nos estaban haciendo pasillo en el
momento en el que sucedió todo optaron por replegarse hacia la puerta con la intención de interceptarme antes de que alcanzara la calle. En
el exterior, otros de azul se apostaban con armas cubriéndose con las
puertas blindadas delanteras de sus coches patrulla, bajando las ventanillas para acomodar la postura de tiro.
Te quiero, me dijo, y se lanzó hacia la puerta como los jugadores de fútbol americano. Yo arranqué detrás, no por dejar que fuera ella quien
abriera brecha, sino porque me resultaba un auténtico incordio llevar
arrastrando por el suelo a un pikoleto que gimoteaba como una babosa abrazado a sus pelotas. Mi chica arremetió contra los policías como
una bala de cañón y consiguió incluso derribar a varios antes de que la
redujeran en el suelo con inusitada violencia.
Yo no conseguí avanzar mucho, la verdad sea dicha, pues, simultáneamente a que yo echara a correr, la del duque de Ahumada logró sacar
la pistola de la funda y me estampó un formidable golpe con la empuñadura poco más arriba y detrás de la oreja derecha. Sentí como si un
autobús pasara a mi lado a toda velocidad y me hubiera golpeado en la
cabeza con el espejo retrovisor exterior. Pero aún di algunos pasos más
hasta caer sin conocimiento. Lo último que recuerdo mientras se me
desconectaban los sentidos es que hubo quienes aplaudieron. Pensé que
tenía razón cuando intuí que la gente creía que se trataba de un rodaje;
y se me fue la cabeza porque el guardia civil que había permanecido
escondido hasta ese momento apareció de pronto, no sé de que escondrijo inmundo, e hizo un fantástico saque de esquina con mi cabeza.
Adios.

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Fernando Alonso Abad
Para que se sepa

da y encadenado a un lastre pudiera hacerle algo a alguien. En esas condiciones me hicieron las oportunas pruebas para el preoperatorio,
moviéndome de un lado a otro de la consulta teniendo que tirar de mi
benemérito llavero, que no sé si es que estaba ya vago o atontado.
Seguramente se trataba de una síntesis de ambos.
Cuando los médicos terminaron con su trabajo se despidieron de mí
con amabilidad y toda la cofradía se dispuso a organizarse para hacer el
recorrido inverso. Ahora si que tenía que ponerme las pilas porque era
el momento en el que tenía previsto hacer la mía y montar una de ésas
que se vean para salir en la tele. Con todo aquel despliegue policial, sin
cordones y atado a un pikolo era más que evidente que no podría dar
más de un jodido paso. Pero, ¿quién dijo miedo habiendo hospitales? Y
máxime si se está en uno.
Enfocamos los corredores en la forma habitual, entre movimientos nerviosos y voces de “pasillo despejado”, “pasillo despejado”. Cuando nos
enfilábamos hacia el hall de entrada y ya se podía ver a lo lejos la puerta acristalada que daba a la calle me preparé para dar el estrincón y ver
hasta donde llegaba.
Entonces fue cuando la ví a ella en uno de los sillones de las estancias
abiertas de espera contiguas a las salas de consulta. No me dio tiempo
a nada, pues se levantó como una tigresa y sin mediar palabra le endoso una patada en los mismísimos cojones del sargento que abrìa la comitiva. Un crío grito gol. La descomunal porra de madera salió por los aires
yendo a impactar en las fluorescentes del techo que se hicieron añicos
dejando una nube de polvo blanco. Antes de que el sargento cayera al
suelo retorciéndose de dolor- tremendísima patada que le había dado
mi chica-, le arreglé la nariz de un cabezazo al cabo que me llevaba del
brazalete. Al cardiólogo no, pero al otorrino vaya si tendría que ir. Sentí
que mi llavero intentaba echárseme encima pero me adelanté coceándole los huevos, que era lo que más a pie tenía; talón en este caso. Le dí
con todas mis ganas y acerté en el blanco, aunque desgraciadamente
perdí una bota que se le quedó trabada en la entrepierna cuando las

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cerró como un cepo. Escuché que la picoleta gritaba como una loca que
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